Hay días en que el cielo parece incendiarse sin quemar nada. Solo observa: la furia del rojo, la serenidad del azul que resiste en las alturas, las nubes que se tiñen como si llevaran siglos esperando este instante. Un atardecer así no es solo un espectáculo; es una pausa. Es la manera en que la naturaleza me recuerda que todo lo que empieza, también se apaga… pero no desaparece. Solo se transforma. Hasta mañana.
En medio del ritmo imparable de nuestras rutinas, a veces basta con levantar la vista. Porque ese fuego en el cielo no es destrucción, sino belleza en tránsito. Y yo no estoy dispuesto a perdérmelo.

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