Esta noche te he besado. Ha sido un beso largo, cálido y mojado, un beso largamente deseado.
Pasó como pasan estas cosas. Hablábamos, sonreíamos y, mientras tanto, otra conversación se iba dibujando. Como si no nos atreviéramos a entrar de lleno en el diálogo que ya mantenían, furtivamente, nuestros ojos, nuestras miradas y, entrelazadas, nuestras manos.
Y todo lo demás iba pasando a nuestro alrededor, todo eso tan mundano. Aunque nuestros labios ya se iban llamando, nuestras bocas se iban deseando y un silencio cómplice nos iba rodeando, aislándonos de todo, de todo eso que en el mundo estaba pasando.
Hasta que mi mirada quedó clavada en la tuya, hasta que el tiempo contuvo la respiración, hasta que todo desapareció y solo quedamos tú y yo.
Tus labios, nuestras bocas, todo se fundió en uno, con la calidez de una caricia, como la nieve en verano.
Esta noche te he besado. Y ha sido un beso de verdad aunque se me escapara de las manos. Esta noche te he besado, aunque solo yo lo haya soñado.
Me muevo entre personas,
entre ruidos y palabras vacías,
entre letras desordenadas
y manos llenas
de emociones enredadas…
Mientras, si les miro a los ojos,
puedo ver el galope de corazones,
cascadas de emociones,
y todo ello, revuelto con risas y poses.
Miradas que esconden
pasados sinsabores.
Cuánta vida se descubre
si dejas de escuchar,
si te paras a observar,
a los ojos de la gente.
Quedó a medias.
Entre tú y yo,
todo quedó a medias.
La caricia en la piel,
el corazón esperanzado,
una disculpa sincera,
un abrazo,
todo a medias.
Silencios que lo dicen todo,
miradas de súplica,
miradas de amparo,
muchas palabras.
Todo.
Todo quedó a medias.
Los planes, los sueños,
tu huesuda y dulce mano,
aquella vida nuestra,
que imaginé,
que se dibujaba,
que viví, que acariciaba.
Toda ella quedó a medías.
Y ahora convivo con la ausencia
que yace en silencio en mi cama.
Respiro el aroma
que brevemente evapora
esencias, caricias y ganas.
Huyendo del ahora,
dejándolo todo en nada.
Todo quedó a medias,
diluyéndose entre palabras,
los besos,
las caricias,
escurriéndose entre los dedos,
como el agua,
como el mar en mis entrañas.
Quedó a medias.
Entre tú y yo,
todo quedó a medias.
La conexión,
la emoción
la amistad,
el amor,
todo,
nada.
Esta frase ha inspirado este poema. Aunque, de hecho, lo inspira cada día mi intento de ser mejor persona. Aprendo cada día de mis errores, de mi soberbia, de mi inmadurez, de mi falta de voluntad, de mis éxitos, de mi alegría, de mi buen humor, de la sonrisa que me aparece cada mañana al levantarme, de aquello que ocurre cada día en mi vida. Doy gracias por lo que viví y por lo que vivo. Siento el roce del tiempo, la caricia del momento y la esencia de mi vida transitar a destiempo. Me quedó el regalo del amor, mal envuelto, envejecido pero que salió del corazón. Os dejo un poema hecho desde ahí, palpitando letras y pasión.
Como el aire al respirar,
así deberíamos soltar.
Diciendo adiós. Sin sufrir.
Vaciando,
para, luego,
volver a llenar.
Así es de natural.
Como el péndulo
que viene y va,
así deberíamos soltar.
Porque todo se va
y, siempre, ese todo
vuelve a su lugar.
Nunca será igual.
Siempre diferente.
Pero siempre
se vuelve a colocar.
Y recordarás
que el principio era un manantial,
y al final,
aunque duela, debería ser igual.
Debo recordar,
que aquellas flores de primavera,
se caen al ver al otoño llegar.
Que así mudamos también nosotros.
Que aprovechamos el invierno
para ajustarnos la forma,
volver renovados
y llenos de la esencia,
que somos en realidad.
Siendo, somos.
Respirando, oscilando.
Yendo, viniendo.
Soltando,
volviendo a empezar.
Siendo siempre,
lo que siempre somos.
Hoy os traigo una historia de mi querido amigo Josep Romero. Compañero de batallas ganadas y perdidas, duro oponente para aprender a vivir y escribirlo después. Hermano musical donde los haya. Como apreciaréis, su prosa fácil es más que una salida a su rica imaginación. Se trata, seguramente una vez más, de un geniecillo por descubrir que quizás disfruta más escondiendo al mundo su talento.
EL BUQUE FANTASMA
Dos o tres noches por semana, un buque cruza el horizonte frente a la Costa Brava. Más que su silueta, se distinguen las líneas blancas de sus tres cubiertas iluminadas.
Tras varios veranos avistando su singladura y, a pesar de consultar navieras y consignatarias, no he conseguido identificarlo, lo que me sume en la duda de su propia existencia. ¿Veo un barco en realidad o es mi imaginación la que lo fabrica?
En mis ensoñaciones, he llegado a construir mi propia fábula sobre lo que el navío guarda. No es más que un buque fantasma en el que, cada noche, navegan los espíritus de quienes alguna vez gozaron y vivieron las noches estrelladas de la Costa Brava.
Ava Gardner, Picasso, Lorca, Chagall, Welles, Sert, Capote, Dalí, Kirk Douglas, Josep Pla, Man Ray, Robert Mitchum, Rodoreda, Villalonga, García Márquez, Breton, Hemingway, a los que algún día –que tarde mucho, por favor– nos uniremos Joan Manuel Serrat y yo, aunque sea de camarero.
Mis divagaciones fantasmales se cruzan con la idea de una octava vida de mi amigo Chucho, el gato atigrado callejero al que llevaba alimentando varios veranos. No he dado con él por mucho buscarlo al atardecer en Port Bo, así que, guiando el timón de mi imaginación, lo he trasladado mullido y tierno a la falda de Salvador, que lo acaricia con cariño en el castillo de popa, mientras ambos atusan sus respectivos bigotes.
Si te parece una fábula, no lo es. Estoy seguro de que es todo cierto.
En ese adoquín,
entre el ruido y la prisa,
hay una boca oscura que traga
directo al océano.
«No tirar nada.
No vaciar nada».
Lo dice una placa que no llegas a ver,
casi invisible,
grabada en el suelo como una oración
que nadie reza,
que todos pisan.
El mar empieza aquí,
en esta rendija entre piedras.
Aquí empieza el agua
que recoge el llanto,
el que cantó Lorca
con la boca llena de sal.
Aquí empieza la mar
que Manrique llamó destino,
la que Machado cruzó
haciendo camino,
la que Alberti reclamó
desde su tierra.
Aquí empieza la que los niños tocan
por primera vez
con los ojos anegados de sal.
Aquí empieza el mar de todos.
El de tu playa en verano,
el de las noches con ella,
el del paseo de paz.
Y tú estás de pie sobre él,
con algo en la mano
que aún puedes no arrojar.
Hay decisiones que no se toman con la cabeza. Se toman con algo mucho más impreciso, más silencioso, que sabe antes de que sepamos. Esto lo escribí hace tiempo desde ahí. Desde el momento exacto en que uno comprende que dejó la brújula en casa a propósito, dobló el mapa con cuidado y entró sabiendo que entraba para perderse, porque no va a querer salir. No es un poema sobre perderse. Es un poema sobre elegirlo.
No fue el azar lo que me trajo hasta aquí. Fui yo quien dejó la brújula en casa, quien dobló el mapa con cuidado y lo guardó sin abrirlo. Quien entró sabiendo que no había salida.
Hay pérdidas que no son pérdidas. Hay laberintos que se eligen como se elige una piel que te queda bien, demasiado bien, para quitártela.
Me perdí en ti como cuando se cierran los ojos antes del salto. No fue descuido. Fue a sabiendas. Fueron las ganas.
Puedes olvidar muchas cosas
pero no los ojos de alguien,
no su mirada
y lo que asoma desde el alma
a través de esos ojos
que guardan la emoción que emanan.
Puedes olvidar el nombre,
incluso el rostro,
la curva exacta de una sonrisa
que ya no recuerdas bien.
Puedes olvidar la voz,
su timbre,
el modo en que decía tu nombre
cuando todo era posible.
Pero los ojos no.
Los ojos se quedan grabados
en algún lugar donde la memoria no llega,
en ese sitio sin dirección
donde conviven lo que dolió
y lo que te salvó.
Porque los ojos no mienten aunque quieran,
porque en ellos el alma se asoma sin previo aviso,
y uno ve, aunque no quiera ver,
lo que se esconde detrás de todo lo demás.
Y si años después, sin permiso,
algo te detiene en mitad de la calle
y no sabes por qué,
y es porque alguien pasó con esos ojos,
con esa luz,
con ese peso exacto de una mirada que creías haber olvidado.
Hace meses que tenía apuntada esta nota: Mirar lejos. Abuela. La recordaba mirando por la ventana, lejos. Me decía: alza la vista.
Alza la vista
Y es que cuando llevo demasiado tiempo con la vista fija en una pantalla o en la página de un libro, algo en mi visión empieza a enturbiarse. Las letras pierden nitidez, los bordes de lo que leo se pierden y la vorágine de palabras necesita un respiro. En ese momento es cuando me acuerdo de mi abuela que me decía: levanta la vista, mira lejos.
No hace falta entender de óptica para saber que funciona. Todos los músculos del ojo se relajan, la vista descansa cuando la mirada busca el horizonte. Pero algo más que el ojo se libera con ese gesto de levantar la vista y bajar el libro, mirando lejos.
Muchas veces vivimos con la vista pegada al problema. Lo tenemos tan cerca que lo ocupa todo y ya no distinguimos si es grande o pequeño, si tiene salida o si simplemente requiere un poco de distancia, un paso atrás, para verlo completo.
Un árbol demasiado cercano puede parecer un bosque infranqueable. Los dramas suelen crecer en proporción inversa a la distancia desde la que los observamos: cuanto más pegados estamos, más crece lo que nos preocupa.
Alzar la vista es casi un acto necesario en esos momentos. Es negarse a que el detalle pase por encima del conjunto. Es recordar que existe un horizonte, un paso más allá, aunque no lo veamos, aunque la página o el problema o el miedo o ese árbol cercano, nos lo estén tapando.
El horizonte no resuelve nada por sí solo. No borra el árbol que está en medio del camino ni desaparece el nudo que nos tiene atascados. Pero hace algo quizás más sutil y necesario: nos devuelve la proporción. Nos recuerda que la vida tiene profundidad, que hay perspectiva y que las cosas, en realidad, se ordenan de otro modo cuando las miramos con distancia, desde un poco más lejos. Las hacemos pequeñas.
Mi abuela no lo decía con estas palabras. Ella me lo decía con un gesto: apartaba los ojos de la tela que cosía o del libro en el que viajaba. Ella miraba por la ventana, hacia donde la vista pudiera alejarse sin obstáculos, y luego volvía. Siempre volvía. Pero volvía ya renovada, la mirada limpia.
Eso es lo que hacía mi abuela: mirar lejos cuando la vista de cerca no nos lleva a ningún sitio. Ese pequeño gesto está ahí para recordarnos que hay más espacio que nuestra pequeña mente, mucho más, que hay muchos más sitos adonde ir. Y, de vez en cuando, eso es suficiente para que el árbol vuelva a ser un árbol, la dificultad vuelva a su tamaño real y nosotros volvamos a la página —o al amor, o a nuestra vida— con la vista en condiciones de enfocar bien, de ver. lo que realmente hemos de ver.
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