Sol de otoño en la piel.

Recoge los pedazos, junta las piezas, aparta lo que solo existe en tu mente, deshazte de lo que sobra. Escúchate, mímate, no dejes que tus pensamientos te hagan tropezar contigo mismo a cada paso, a cada palabra hiriente de quien no te quiere.

Esta mañana he recogido el polvo de un ayer lejano que se empeña en acumular capas de suciedad sobre mi. Vuelvo a ver brillos, reflejos de mi. Vuelvo a encontrar a ese niño que siempre está ahí.

Cambio los trozos por la fuerza de las ilusiones, los rotos por hermosas cicatrices, las tristezas y los vacíos por sonrisas de medianoche y vida, mucha vida, para llenar de alegría rincones y espacios desangelados por el olvido de los días.

Hoy me propongo crear, sonreír, estar y ser. Nada difícil, solo eso que soy, eso que merezco, eso que cada uno de nosotros puede ser si queremos.

Hoy quiero agradecer lo que tengo, lo que soy y no pretender más que eso. Vida en el corazón. Paz en mi alma.

¿Me acompañas? ¿Saltamos?

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Poder decir adiós es crecer

“Poder decir adiós es crecer”
Gustavo Cerati

Esta frase ha inspirado este poema. Aunque, de hecho, lo inspira cada día mi intento de ser mejor persona. Aprendo cada día de mis errores, de mi soberbia, de mi inmadurez, de mi falta de voluntad, de mis éxitos, de mi alegría, de mi buen humor, de la sonrisa que me aparece cada mañana al levantarme, de aquello que ocurre cada día en mi vida. Doy gracias por lo que viví y por lo que vivo. Siento el roce del tiempo, la caricia del momento y la esencia de mi vida transitar a destiempo. Me quedó el regalo del amor, mal envuelto, envejecido pero que salió del corazón. Os dejo un poema hecho desde ahí, palpitando letras y pasión.

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Como el aire al respirar,
así deberíamos soltar.
Diciendo adiós. Sin sufrir.
Vaciando,
para, luego,
volver a llenar.
Así es de natural.

Como el péndulo
que viene y va,
así deberíamos soltar.
Porque todo se va
y, siempre, ese todo
vuelve a su lugar.

Nunca será igual.
Siempre diferente.
Pero siempre
se vuelve a colocar.
Y recordarás
que el principio era un manantial,
y al final,
aunque duela, debería ser igual.

Debo recordar,
que aquellas flores de primavera,
se caen al ver al otoño llegar.
Que así mudamos también nosotros.
Que aprovechamos el invierno
para ajustarnos la forma,
volver renovados
y llenos de la esencia,
que somos en realidad.

Siendo, somos.
Respirando, oscilando.
Yendo, viniendo.
Soltando,
volviendo a empezar.
Siendo siempre,
lo que siempre somos.

 

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Un invierno y casi dos veranos

Con los años, hasta se nos olvidó que nos buscábamos.

Siento como si hubiéramos planeado encontrarnos desde el nacimiento, como si descubrirnos hubiera sido nuestro primer deseo. Un deseo inexperto, torpe y desorientado. Andábamos dando palos de ciego, como niños, con la seguridad de que existíamos pero sin saber dónde buscarnos.

Y llegó el día en que la sombra que habíamos creído resplandor cambió con un cruce de miradas. Costó recordar. Habíamos olvidado que nos buscábamos, pero se hizo el día en tus ojos, estalló el mar en los míos. Se hizo la luz, con tu luz, con mi mar y, en una ola, nos reconocimos.

Llego un momento en que vestimos las ilusiones con menos accesorios, con menos aditivos. Miramos al frente, cada vez con mas coraje, con menos dudas, ignorando penas caducadas y desvaríos. Nos reímos con más ganas, más seguros, con el espíritu claro de que había que disfrutar de lo que la vida nos regalaba.

Conseguimos cambiar cada noche el reparto, el argumento, el desenlace, el estilo. Desde la comedia al drama, rodando la vida en un escenario cada día distinto. No había tema tabú, ni letras que sobraran en las palabras. Dimos de comer al alma con poesía, intercambiando emociones, filtrando sentimientos y el latido de nuestros corazones en cada rima, en cada verso, con cada acento. Y seguimos juntos más de un año, bañándonos de sol y de sal, de reflejos de luna y de seda en la piel. Durante el día y, también, en la pasión de la noche.

Y cuando anocheció en nosotros y la rima se hizo solo papel, quedamos una mañana, muy temprano, para abrazarnos como nunca, para sonreírnos desde el alma amiga, para besarnos, por última vez. La lluvia nos vino a ver para limpiar el momento, mojándonos con lágrimas dulces, para endulzar nuestra alma. Ella sabía que no nos volveríamos a ver.

Envolvimos con las manos el recuerdo de nuestra piel, en los ojos el mar que tanto nos quiso y que rebosaba por nosotros sal y miel, en el corazón la luna que nos acompañó siempre, y en el alma el amor que nos profesamos una vez. Solo quedó recordar aquella llama eterna que duro un invierno y casi dos veranos esta vez.

Te vi, alejarte triste, para no volvernos a ver.

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Incondicionalmente

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Rima IV

Un romántico como Gustavo Adolfo Becquer lo llena todo al leerlo. Llueve poesía, luce poesía al amanecer, brilla la poesía con el reflejo de la luna llena. No será hoy el día de la poesía pero la siento hoy como el mejor de los días para dejarse llevar por ella.

No digáis que, agotado su tesoro,
de asuntos falta, enmudeció la lira;
podrá no haber poetas; pero siempre
habrá poesía.

Mientras las ondas de la luz al beso
palpiten encendidas,
mientras el sol las desgarradas nubes
de fuego y oro vista,
mientras el aire en su regazo lleve
perfumes y armonías,
mientras haya en el mundo primavera,
¡habrá poesía!

Mientras la ciencia a descubrir no alcance
las fuentes de la vida,
y en el mar o en el cielo haya un abismo
que al cálculo resista,
mientras la humanidad siempre avanzando
no sepa a dó camina,
mientras haya un misterio para el hombre,
¡habrá poesía!

Mientras se sienta que se ríe el alma,
sin que los labios rían;
mientras se llore, sin que el llanto acuda
a nublar la pupila;
mientras el corazón y la cabeza
batallando prosigan,
mientras haya esperanzas y recuerdos,
¡habrá poesía!

Mientras haya unos ojos que reflejen
los ojos que los miran,
mientras responda el labio suspirando
al labio que suspira,
mientras sentirse puedan en un beso
dos almas confundidas,
mientras exista una mujer hermosa,
¡habrá poesía!

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Primero, baila.

Y lloré,
porque la sal curaba mis heridas
Alcé la vista,
porque una vez me llamo “cielo”
y quise respirar,
porque el aire llevaba uno de sus suspiros.

Por eso di las gracias,
porque una vez sentí su alma
sonriendo junto a la mía.
Por eso sequé mis lágrimas,
para disfrutar lo vivido.

Y cerré los ojos,
necesitaba claridad
para volver a ver amanecer.
Permanecí en silencio,
tanto como pude,
para escuchar mi propio ruido.
Me quedé quieto,
para sentir el universo
hormigueando bajo mis pies.

Sonriendo humildemente me miré,
para poderme reconocer.
Allí estaba yo, de nuevo,
para no volverme a perder,
… hasta la siguiente vez
en que el amor
me haga tocar el cielo
y ponga mi mundo del revés.

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Volar

Volar es como navegar, 
pero no sobre las olas, 
sino haciendo piruetas, 
inventando el cielo y el mar.
Es sentirse libre 
y atravesar 
el algodón de las nubes
en pleno vuelo. 
Es ir tras las gaviotas,
contemplar el mundo
desde arriba,
bajo tus pies, lejos,
como si no existiera,
y tocar siempre el suelo.

Llévame junto al mar. 
Dame luna, agua y sal. 
Dame atardeceres, 
días, con nubes o sin ellas.
Dame un suelo en el que reposar, 
y cielo, mucho cielo para volar.
Volar es caminar 
con los pies en la tierra
y los sueños en una mano
y en la otra, el corazón.

No faltas en mis días 
ni en mis noches 
ni en los sueños 
de cada brote de vida 
que aparece en mi sonrisa 
cuando te recuerdo. 

Estás presente cuando respiro lúcido
y cuando me visitan tormentas de invierno. 
Mi piel te recuerda, 
mi mirada conoce tus sueños. 

Ahora ya camino,
para volar a ras de suelo,
sin despegar el vuelo,
que para soñar y volar,
solo me hace falta
caminar agarrado a mis sueños.

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De la mano del olvido

¿Cuánto hace que tus ojos no ven amanecer?
¿Cuánto hace que no nos encontramos
entre aquellos trozos perdidos
que nos recogían con cariño
y nos llevaban de nuevo al inicio?
¿Cuánto hace que no nos encontramos
jugando a mirarnos
en tardes eternas,
y en la noche, perdernos
para luego encontrarnos,
de la mano del olvido?
¿Cuánto hace ya que nos perdimos?

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Cuando estás conmigo

Vuela el día estando contigo,
desaparece la noche
en un suspiro.
Cuando te acaricio
no hay tiempo
ni hay destino
que se atreva a aparecer
cuando estás conmigo.

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Callarnos a besos 

Este es mi mundo.
Es pequeño y es diverso.
Es grande,
hasta donde alcanzo a verlo.
Es mi mundo.
Es grande, es pequeño,
en prosa o en verso,
pero lo respiro libre.
Sin esperar nada.
Dibujándolo cada día.
Más allá, el universo.

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Poema a trozos

Hay épocas en las que me cuesta hasta escribir una “o” y otras en las que escribir me pilla en cualquier sitio. Éste lo escribí como pude en un papel una tarde de verano en un bar junto al mar, cerca de Castellón. Perdí, luego, parte de lo escrito así que quedó un poco del revés. Pero no lo quiero revisar, solo quiero que quede como está. Sin retocar. Me da igual. Es el trozo de un poema que fué un poema a trozos.

Ese fue mi último regalo,
Abrí la mano, pulse la tecla
y te envié ese sueño,
cargado de fe y dedicación,
envuelto para regalo.

Cubierto de mi,
para ti,
lleno de tu vida,
repleto de tu frenesí.

Tu regalo:
mis letras,
brotando de mi,
siempre hacia ti.
Las que siempre habían estado conmigo
y tu me las descubriste a mi.
Que me sirven de consuelo,
de mar,
de infierno y de cielo
y de abrazo,
en el azul infinito
y en el negro más oscuro
cuando ya no estás aquí.

Nos hicimos ese regalo,
una montaña de versos y letras,
cargados de amor.
Cargados de tiempo.
Esos regalos llenaron vidas,
curaron penas
y dieron sentido a amores,
a sueños
y quimeras.

Por eso hoy, comprendí.
Ya me despedí.
Ya deje de buscar
la felicidad,
allí donde la perdí.

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