Un instante suspendido

Algo tiembla en esta hora del día,
cuando el sol se esconde,
jugando tras cualquier la nube
y la noche se atreve a abrir los ojos.

Es un instante suspendido,
un puente secreto
donde se rozan la claridad y la penumbra.

Las almas vagan inciertas,
los corazones titubean,
y entre reflejos dorados
y los primeros tiznones negros,
se deslizan recuerdos
que disfrazan pasiones
con la voz dulce de la nostalgia.

En este anochecer,
la verdad se confunde con el sueño
y éste arranca voces a la memoria,
que ya no existen,
que fueron a esconderse
en ese mundo incierto,
entre la noche y el día,
entre la verdad y el deseo.Fotografia de la playa del Trabucador 02.10.25 By JLAfan

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Lazo liviano

Él llegó a ella como por azar,

en un tropiezo en su vagabundear;

a ella le pareció un eco pasajero,

para él, el impulso de amar.
 
Ella siguió en aquella vorágine de su vida,

vivir sin pararse a sentir;

él halló en su risa la brisa que le faltaba,

la que le abrió las ventanas a respirar, a salir.
 
Mientras ella olvidaba la hora,

él guardaba en su pecho un jardín;

y esa llama que a ella no le quemaba

para él fue principio del fin.
 
Y aunque nunca buscó detenerla,

él vivía de aquel resplandor;

ella andaba sin darse cuenta siquiera

del milagro que fue su calor.
 
El tiempo borró las señales,

pero a él le quedaron de altar:

sus pupilas, dos mares frágiles,

que jamás dejó de nombrar.
 
Ella acaso no sepa la historia,

ni la huella que pudo dejar;

él aprendió que a veces una lágrima
se confunde con saber amar.
 
Y comprendió que aferrarse era en vano,

que no se retiene lo que no quiere estar;

soltó de su palma aquel lazo liviano,

y al soltarlo aprendió a respirar.
 
No fue derrota ni pena perpetua,

sino un río que quiso seguir

y en la corriente encontró la respuesta:

el amor también sabe partir.
 
Y al mirar hacia atrás, sin cadena,

vio la brisa pasar como al ir;

ya no ardía la llama en su pena,

era calma, era el modo de existir.
 

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En Paz

Muy cerca de mi ocaso, yo te bendigo, vida, 
porque nunca me diste ni esperanza fallida, 
ni trabajos injustos, ni pena inmerecida; 

porque veo al final de mi rudo camino 
que yo fui el arquitecto de mi propio destino; 

que si extraje las mieles o la hiel de las cosas, 
fue porque en ellas puse hiel o mieles sabrosas: 
cuando planté rosales, coseché siempre rosas. 

…Cierto, a mis lozanías va a seguir el invierno: 
¡mas tú no me dijiste que mayo fuese eterno! 

Hallé sin duda largas las noches de mis penas; 
mas no me prometiste tan sólo noches buenas; 
y en cambio tuve algunas santamente serenas… 

Amé, fui amado, el sol acarició mi faz. 
¡Vida, nada me debes! ¡Vida, estamos en paz!

Amado Nervo

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Abrí las manos

Abrí las manos.
Tenía que ver qué había estado sujetando tanto tiempo.
Solo quedaba un rastro de luna,
y un cielo deshecho en silencio.

Lo que quedaba de aquella caricia
lo robó el tiempo.

Ahora, con las manos vacías,
el corazón en calma,
la vida llena de latidos nuevos,
de esa paz que recoge el viento,
horas enteras de amor en vuelo.

Manos abiertas,
libres de lastre,
presagian el viento
y el lugar donde habrán de posarse.

Ya no tiemblan vacías,
ahora respiran espacio,
y en ese hueco infinito y tranquilo
cabe entera la esperanza de un nuevo día.

Abrí las manos,
y entendí que en su vacío cabía todo:
mi presente en calma,
la esperanza de haber aprendido,
y la certeza de que nunca más
se cerrarán para retener,
sino sólo para abrazar la vida.

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Reflejos de atardecer

El agua calla.

No hay viento que rompa la piel azul que la cubre.

El cielo se entrega a la noche,

dejando caer sus nubes como quien deja cartas sobre una mesa,

sin miedo a que alguien las lea.

Las ramas, oscuras, entran despacio en la escena,

sin tocar nada,

dibujando fronteras que no existen más que en el reflejo.

Todo es de arriba y de abajo a la vez.

No hay manera de saber qué mundo es el verdadero,

ni por qué importaría decidirlo.

A veces basta con quedarse mirando

hasta que el tiempo se diluye como la luz al final de la tarde.

Y en ese instante —entre cielo y agua, entre verdad y apariencia—

uno se reconoce, por fin, suspendido en su propio reflejo.

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Amor y coraje

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A esa hora en que el mar recuerda

A esa hora en que el cielo arde,

y las luces de la ciudad despiertan como luciérnagas temblorosas,

el mar se arrima a la orilla con una calma antigua,

como si viniera a buscar algo que ha perdido.

Las olas —cansadas, suaves—

acarician la arena sin promesas,

y el horizonte, encendido de nostalgia,

parece guardar un secreto que nadie se atreve a nombrar.

La línea de farolas dibuja una costura de luz

entre lo que fuimos y lo que ya no seremos.

Y mientras el sol se despide detrás de los edificios,

una brisa leve —como un suspiro—

lleva consigo el eco de todas las despedidas.

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Oda a la belleza

No hay espejo que contenga su imagen.

Nefertiti —esculpida, detenida, intacta—

conoce un secreto que el tiempo no ha conseguido arrancarle.

Su perfil, tallado en piedra oscura, no desafía: sugiere.

No impone: respira.

Es la belleza sin fecha.

No aquella que grita, sino la que calla

y permanece.

Otros ojos, pintados y delineados por manos que ya son polvo,

nos observan desde vitrinas selladas.

Verdes, profundos, cargados de un kohl que no ha cedido al olvido.

¿Es maquillaje o es escudo?

¿Es ornamento o advertencia?

Fuera, el sol proyecta nuestras sombras sobre las escaleras de piedra.

Somos pasajeros. Ellos, permanencia.

Nos inclinamos ante la luz que cae desde la cúpula,

donde el oro y la geometría se abrazan en silencio.

La lámpara no alumbra: canta.

Y todo, todo este viaje, es un homenaje.

A ella.

A lo bello.

A lo que no necesita explicación para ser verdad

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Cuando el cielo arde

Hay días en que el cielo parece incendiarse sin quemar nada. Solo observa: la furia del rojo, la serenidad del azul que resiste en las alturas, las nubes que se tiñen como si llevaran siglos esperando este instante. Un atardecer así no es solo un espectáculo; es una pausa. Es la manera en que la naturaleza me recuerda que todo lo que empieza, también se apaga… pero no desaparece. Solo se transforma. Hasta mañana.

En medio del ritmo imparable de nuestras rutinas, a veces basta con levantar la vista. Porque ese fuego en el cielo no es destrucción, sino belleza en tránsito. Y yo no estoy dispuesto a perdérmelo.

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Altura sin alas

No hace falta ser nube

para rozar el cielo.

Basta con arraigar hondo,

como palmeras que,

sin despegar del suelo,

alcanzan el azul con la frente erguida.

No sueñan con flotar,

pero bailan con el viento.

No escapan del mundo,

pero lo miran desde arriba,

con la paz de quien ha aprendido

que crecer no es huir,

sino alzarse

con paciencia,

con fuerza,

con raíz.

Hay alturas que no se conquistan volando,

sino creyendo que el propio tallo

puede ser puente

entre la tierra y el infinito azul.

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