Juntos

Lo más cercano a estar juntos que se podían imaginar, era verse cada mañana en la parada del autobús. Se miraban de reojo, se saludaban sin mirarse, sin parpadear, para no perderse ni un segundo el uno del otro. Se sabían allí. Juntos aunque separados por una distancia prudencial que no era nada pero que parecía infinita. No había momento como ese en todo el día. No concebían mayor emoción.

Se conocían desde hacía años. Vivían en el mismo barrio y sus familias habían vivido toda la vida allí. Se conocían, se respetaban, pero no se mezclaban. Nadie preguntaba por qué. Convivían separadamente.

Para ellos, lo más cercano a estar juntos era compartir cada día el espacio que había dentro de aquel autobús mientras recorrían juntos el trayecto hasta el centro de la ciudad, donde estudiaban en institutos diferentes.

Ninguna otra persona apreciaría esta forma sutil de amar. Sin mirarse, sin rozarse, sin tocarse. Solo saberse. Pero para ellos, lo más cercano a estar juntos era respirar el mismo aire en aquel pequeño espacio del que, al poco tiempo, todos los demás viajeros parecían desaparecer.

A veces, durante el trayecto, él imaginaba que habían emprendido una emocionante travesía hacia algún maravilloso destino, en un suntuoso carruaje, atravesando lugares exóticos, de aromas inimaginables. Un viaje en el que ellos siempre iban sonriéndole al sol, uno junto al otro, mirando hacia delante, hacia el futuro. Solos. Juntos.

Para ella era todo mucho más sencillo. Le bastaba con sentir que él estaba allí, “junto” a ella. Como aquella tarde. Como la tarde aquella.

Por eso cada mañana, cuando se encontraban en la parada del autobús que estaba junto a su casa, sonreían. No lo podían evitar. Sonreían porque se sabían cómplices, sonreían como si estuvieran haciendo algo prohibido o impropio, sintiéndose rebeldes, indolentes, libres de pensar y de sentir. Y sabían que nadie, excepto ellos dos, era consciente de aquella situación que se repetía cada mañana.

Ese era el único lugar en el que eran libres para amarse el uno al otro estando juntos. El momento, el sabor que siempre les dejaba ese momento, se alargaba el resto del día, como la sombra de un cuerpo al atardecer, y se perdía en la noche, buscando la luna que les reflejara en su mortecina luz.
Por eso lo disfrutaban, lo paladeaban, lo saboreaban. Como quien degusta un manjar muy escaso y no sabe si lo va a poder volver a probar.
Una vez subían al autobús, se sentaba en asientos alejados el uno del otro. Eran conscientes de que cualquiera les podría reconocer y que eso llegaría rápidamente a oídos de sus familias.

Sabían perfectamente en qué parada bajaba cada uno. Por un momento, respiraban el mismo aire, el mismo olor, ocupaban el mismo espacio. Se sabían el uno al otro. Se sentían. Se aprovechaban. Aprovechaban el momento, el único momento en que estaban juntos.
Desde muy pequeños, sus padres no les dejaron relacionarse más allá de coincidir en algún momento en alguna reunión de vecinos o jugando en la calle. Sus vidas estaban planeadas, estaban marcadas de entrada, incluso antes de nacer.
No eran libres. Por eso, solo por eso, porque alguien ya había decidido por ellos, cada mañana, durante el trayecto que hacían juntos en el autobús, eran felices, era su rincón clandestino, y sin ser del todo conscientes, su momento de libertad.

Ambos sabían que no encajarían nunca en otros brazos. Lo sabían desde aquella tarde… aquella tarde lo cambió todo…

Ella le reconoció desde lejos. Él estaba rodeado por varios chicos, estaba quieto, recibiendo empujones, la mirada fija en el suelo, no se movía, no reaccionaba, se le veía resignado. Parecía rendido, acostumbrado a esa situación. A ella le hirvió la sangre al verlo así, no pensó y no dudo ni un momento en acercarse y ponerse a su lado. Él no podía creerlo. Ella no le empujaba, se había quedado a su lado, sin mirarle, le cogió de la mano. Era una situación nueva. Él comprendió sin explicaciones que no estaba solo. Una sonrisa rompió el molde de su rostro impenetrable. Menudo momento había elegido para sonreír y sentirse lleno y feliz.

bus stop

Se encontraban los dos allí, plantados, rodeados de siete chicos que les miraban con ganas de abalanzarse sobre ellos. Ella pensó rápido. Él confió en ella y no se sorprendió cuando se puso a gritar “¡policía, policía!” Aprovecharon los pocos segundos de confusión que causaron sus gritos. Apretaron las manos y tiró de él para salir de allí a toda prisa, doblar la esquina y correr como locos hacia un portal de la calle principal.

Cerró la puerta tras de ellos y se quedaron solos, pegados a la pared, quietos como estatuas, sin respirar casi… mirando hacia fuera de reojo a través del cristal de la puerta, hasta que les vieron correr siguiendo la calle y perdiéndose entre la gente. Aun se quedaron varios minutos callados sin atreverse a pronunciar ni una palabra. Ella no podía creer lo que había hecho y él aun no se hacía cargo de lo que había pasado. Tenían 15 años. Ambos habían actuado por instinto, un instinto que les había indicado claramente que tenían que…. que podían… confiar, sin reservas, el uno en el otro. Que eran el uno del otro. Pasara lo que pasara. Lo sintieron desde dentro, desde el corazón que les guió en este momento tan fundamental de sus vidas.

Pasado ese momento, el se giró hacia ella, la miró y le dio las gracias. La abrazó y permanecieron así un largo rato. Luego, sin control, se besaron. Se besaron como si respiraran por fin un aire que se les había negado, como si lo que habían hecho hasta ese momento solo fuera un ensayo. Se besaron y desapareció el mundo. Se besaron y ya se amaron. Se besaron y ya no hubo nunca más, nadie más que ellos dos. No importaba lo que pasara. Lo único que contaba eran ellos dos. Se habían encontrado… en los brazos del otro. Se habían encontrado y ya nada ni nadie podría cambiar eso, pasara lo que pasara, aunque la vida les intentara llevar por otros caminos o tuviera sus propios planes, ellos lo sabían. Sabían que ya no encajarían en otros brazos. Que eran el uno del otro.

El Autobús siguió su camino impertérrito, parada tras parada hacia el final del trayecto. Cada vez quedaba menos gente dentro. Cada vez la ciudad quedaba más lejos. Cada vez el peso era más ligero, la tensión del cuelo y los hombros caía hacía el cielo.

El conductor les vio sentados, separados por varias hileras de asientos, sin apenas moverse, con la mirada perdida en el frente. Al final de la línea, cuando paró el autobús, les vio bajar y les siguió con la mirada un rato, hasta que les perdió de vista en el camino hacia el campo. Le pareció que se daban la mano, pero no lo podía asegurar. Estaban ya muy lejos.

Cuando la policía le interrogó, el conductor no estaba seguro de si les había visto o si había imaginado la escena. Veía tanta gente cada día. Prefirió callar. Hacía meses que les veía subir al autobús y hoy no iba a chafarle la guitarra a nadie. Si como decían, habían huido juntos, al menos esperaba que fueran felices, estuvieran donde estuvieran.

Suspiró.

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