Hace meses que tenía apuntada esta nota: Mirar lejos. Abuela. La recordaba mirando por la ventana, lejos. Me decía: alza la vista.

Y es que cuando llevo demasiado tiempo con la vista fija en una pantalla o en la página de un libro, algo en mi visión empieza a enturbiarse. Las letras pierden nitidez, los bordes de lo que leo se pierden y la vorágine de palabras necesita un respiro. En ese momento es cuando me acuerdo de mi abuela que me decía: levanta la vista, mira lejos.
No hace falta entender de óptica para saber que funciona. Todos los músculos del ojo se relajan, la vista descansa cuando la mirada busca el horizonte. Pero algo más que el ojo se libera con ese gesto de levantar la vista y bajar el libro, mirando lejos.
Muchas veces vivimos con la vista pegada al problema. Lo tenemos tan cerca que lo ocupa todo y ya no distinguimos si es grande o pequeño, si tiene salida o si simplemente requiere un poco de distancia, un paso atrás, para verlo completo.
Un árbol demasiado cercano puede parecer un bosque infranqueable. Los dramas suelen crecer en proporción inversa a la distancia desde la que los observamos: cuanto más pegados estamos, más crece lo que nos preocupa.
Alzar la vista es casi un acto necesario en esos momentos. Es negarse a que el detalle pase por encima del conjunto. Es recordar que existe un horizonte, un paso más allá, aunque no lo veamos, aunque la página o el problema o el miedo o ese árbol cercano, nos lo estén tapando.
El horizonte no resuelve nada por sí solo. No borra el árbol que está en medio del camino ni desaparece el nudo que nos tiene atascados. Pero hace algo quizás más sutil y necesario: nos devuelve la proporción. Nos recuerda que la vida tiene profundidad, que hay perspectiva y que las cosas, en realidad, se ordenan de otro modo cuando las miramos con distancia, desde un poco más lejos. Las hacemos pequeñas.

Mi abuela no lo decía con estas palabras. Ella me lo decía con un gesto: apartaba los ojos de la tela que cosía o del libro en el que viajaba. Ella miraba por la ventana, hacia donde la vista pudiera alejarse sin obstáculos, y luego volvía. Siempre volvía. Pero volvía ya renovada, la mirada limpia.
Eso es lo que hacía mi abuela: mirar lejos cuando la vista de cerca no nos lleva a ningún sitio. Ese pequeño gesto está ahí para recordarnos que hay más espacio que nuestra pequeña mente, mucho más, que hay muchos más sitos adonde ir. Y, de vez en cuando, eso es suficiente para que el árbol vuelva a ser un árbol, la dificultad vuelva a su tamaño real y nosotros volvamos a la página —o al amor, o a nuestra vida— con la vista en condiciones de enfocar bien, de ver. lo que realmente hemos de ver.
Alza la vista.
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