Sé que sigues ahí…

De repente, noto que se mueve por ahí adentro, sin cascabel, pero haciendo ruido, como un tren que arrasa con lo que encuentra a su paso, como un día crudo de invierno, que mata el débil calor del sol.

Se acerca y se pasea ante mi, arrogante, contorneando aquellos momentos, mirándome a los ojos, diciéndome que aun está aquí, a destiempo, que no se ha ido, que yo no puedo estar sin ella, sin su recuerdo.

La miro a los ojos con la seguridad que me da la paz que siento. Respiro profundamente, buscando la calma sin importar el tiempo y le susurro: “Sé que sigues ahí, que te resulta cómodo. Acepto que formes parte de mi aunque ya no te necesito.”

Ahí se acabó el cuento.

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