Poco a poco

En el amanecer de un día,
poco a poco,
dejé de buscar tu rastro,
dejé de echar de menos tu recuerdo,
dejé de esperar que un día,
quizás un día,
fueras tú quien me echaras de menos.

Poco a poco solté los hilos,
corrí contra el viento para llenar
de aire limpio la cometa
y empecé a volar con ella.

Poco a poco,
te perdí en la memoria,
ya no imaginaba constantemente,
mirar la luna a tu lado,
ni miraba mi mano
preguntándome dónde estaría la tuya.

Poco a poco
desistí de alejarme,
de acercarme
o de sentirme
lleno de aquello.

Muy poco a poco,
mi piel dejó de extrañarte,
perdoné los espacios,
los vacíos que quedaron,
las omisiones y las culpas.

Y llegó un día
en que ya nada importó.
Ni tú ni yo
ni aquel amor
que cambió mi vida
y que vino a rescatarme.

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Soles

Me invento soles
y atardeceres de colores.
Me invento días y noches,
y los pinto de emociones.

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Tienes dentro …

Hay tantas voces dibujando versos y soltando a bocajarro todo lo que llevan dentro.
¡No hay que perderse ninguna!
Hoy os traigo hoy un poema de Nuria Checa, a la que agradezco que me haya dejado publicarlo, y que escribe así de directo, así de bien, así de limpiamente.

Espero que os guste.

La podéis seguir en:
Instagram: nchecaa
WordPress: nchecaversos.wordpress.com

Tienes dentro un gusano negro. Vive en tus entrañas, se mudó ahí y tú sin saberlo.

Tienes dentro el temor más venenoso. Ahora luchas por sacarlo, pisotearlo y matarlo, pero es duro como el hierro.

Tienes dentro un tormento. Que no te deja ser, que no te deja sentir. Y tú, te dejas morir lento.

Pero hoy amaneces, que no es poco, con ciento y un remedios para tus adentros. Con esa sonrisa que provoca miedo a tu miedo interno.

Hoy amaneces en un paraje distinto al resto, uno que gotea vida y versos en tus ojos, esos que parecían muertos.

Hoy, tal vez beses este roto mundo para protegerlo del estúpido y enfermizo circo en el que se ha visto envuelto, para liberarlo de tanto sin sentido y ser su amigo, si todavía estás a tiempo.

Hoy matarás al gusano que recorre tu cuerpo. Hoy sabrás cuál es el camino que te lleva fuera y a la vez dentro. Hoy entenderás todos tus viejos lamentos.

Hoy serás hoja en blanco y futuro incierto. Hoy serás de nuevo. Hoy serás y volarás lejos.

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La puerta de tu corazón

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Al atardecer

¿Ves como si podíamos volar … y aterrizar sobre el viento?
¿Ves amor como lo realmente imposible es dejar de soñar?

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Eres

Eres, de mi pasado,
lo más bello,
de mi presente,
la sonrisa franca
que brota sin llamarla.
De mi futuro,
una mirada clara
que mira hacia adelante
y ya no teme nada.

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Nochevieja, espejo roto. (II de III)

Siempre fuiste mi espejo, quiero decir que para verme tenía que mirarte.

Julio Cortázar

Nochevieja I

La oía llorar. Lo hacía hacia adentro, pero la oía llorar. La niña que era, se sumergía en el silencio, se ahogaba, se protegía de la soledad ignorando el vacío, la profundidad, el espacio que la invadía por dentro, ocupándolo todo, vaciándola toda y de todo.

No se atrevía ni a mirarse en los cristales ni a perseguir con el rabillo del ojo su propia sombra.

¿Es que aquella noria no iba a parar nunca? Primero volar hacia las nubes, henchida de ilusión, vestida de sueños, ignorando el pasado, para siempre acabar cayendo, viendo como se hacían añicos sus caricias al viento, estallando los sueños en mil pedazos contra el suelo.

Ella sabía lo que veía, veía lo que sentía. El amor no era un secreto para ella. Sabía llegar a la profundidad de aquella mirada envuelta en reflejos de azul y púrpura, de carmín, granate y rojo. Sabía entender el amor que se ocultaba allí, sabía sentirlo como nadie, en cada detalle.

Pero había ocurrido de nuevo. Estaba allí arriba y, aunque no le gustara debía soltarse. Nunca eran solo ella y él. Siempre había alguien más y, por algún motivo, siempre parecía llegar a causarles dolor.

La terca realidad la empujaba a mirarse en el espejo, a entenderse mejor. Sabía que no podría evitar ese momento, pero lo posponía. Lo haría mañana. Y así tarde tras tarde. Mejor no se miraba. Había que preservar esa imagen del reflejo, esa que el espejo deseaba ver clara y ella ahora detestaba. No era una realidad que a ella le gustara.

«Ven», la susurraba. «Acércate a mirarte. Sabes que tarde o temprano tendrás que asomarte y ver el dolor que has causado».

Y, finalmente, iba a enfrentarse a sí misma, al espejo. Se acercaba poco a poco, mirando hacia el suelo. Luego poco a poco, levantaba la vista para ver lo que quedaba de ella. Se miraba y se contemplaba con una crudeza que solo ella comprendía. Tal cual. Hasta que la sal no la dejaba ver más.

Pero eso no era lo peor. Ese no era el peor momento. Verse y darse cuenta del rastro que había ido dejando. Sentir y ver las heridas que provocó, entender las cicatrices que, al final, se marcaban en su propia piel; aprender del dolor, de las sombras y de todas y cada una de las infinitas noches de llanto y, aún con todo eso, aceptarlo. Aceptarlo y volverse a erguir, devolviéndose el poder de vivir, de amar y no mirar atrás, de no pensar y volver a sonreír. A levantar la mirada, apuntar al horizonte y salir volando.

Todo eso no era lo peor, porque, para eso, aun debía saber qué hacer con aquel sentimiento, con aquel amor que aun la vestía completamente, por dentro.

¿Cómo rendirse cuando aun sigues amando?

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La Nochevieja I de III

«Aquella noche hacían cola los sueños, queriendo ser soñados».

Eduardo Galeano

Aquella noche era especial, ella lo sabía, y de nada servía engañarse. Ella sabía que irían pasando las horas y, aunque estaba preparada, las imágenes aparecerían, una tras otra, en un flashback continuo que se iba a ir alternando con la realidad de la presente Nochevieja.

Maquillaría su bello rostro. Acondicionaría su cabello ondulando el dorado en volutas de luz. Pintaría su mirada de alegres tonos de pastel y rosa. Le daría un tono rojo intenso a sus labios para dibujar un toque seductor a su sonrisa.

Este vestido escogido con días de anticipación, aquel sujetador, un escote generoso, medias nuevas, abrigo largo, zapatos rojos de alto tacón.

Todos los detalles bajo control para poder dejarse llevar por su corazón y desmelenarse antes de que rompiera el nuevo día.

En una noche como aquella, cenaría con su querida familia, sus hijos, padres y hermanos. Ellos eran su gran amor, su norte cuando se perdía, cuando se dejaba llevar por la tempestad que azotaba sin previo aviso su interior, hasta hacerle perder la noción de lo que está bien o mal, hasta dejarse llevar, sin jamás pensar, por su corazón.

Cuando, repentinamente, aparecería aquella mirada, aquella profundidad que la invitaba sin remedio a perderse en los ojos de su amante. De repente el color, el azul … como el del mar, el marrón con aromas de café, el verde de la hierba fresca. Todos mezclados, de cada uno de ellos, de cada una de las miradas de sus amados amantes. El flashback no avisaba, aparecía. La miraban sin reparo ni pudor, desnudándola de todo aquello que ella sabía superfluo y banal. Despojándola de artificios y haciéndola sentir mujer, sensual, viva y real.

«Este lápiz de ojos ya no tenía punta» pensaba, sacudiendo la cabeza, para volver al presente.

Y aun sentía aquella mano acariciando la suya, entrelazando los dedos. Una vez más cerraba los ojos para sentir aquella piel y contemplar aquel rostro, el de quien siempre estuvo a su lado, el que ella sabía que nunca la hubiera abandonado… a no ser por…

«¡Qué tarde es ya!» se dijo.

Poco después saldrían hacia la cena de nochevieja, ella conducía mientras sus hijos se perdían en sus redes sociales… y, en el camino, ella recordaría a aquél que ya no estaba, a aquél que nunca se fue del todo, a aquél que la habría acompañado, como aquella Nochevieja, hoy y siempre, … Su rostro sonriente se le aparecería, luego, entre las risas de la fiesta, junto a ella, en el asiento vacío de ese acompañante que tampoco estaba con ella este año; entre las uvas y la música… y, al final, tras la fiesta ya, ella volvería a perderse en la noche para apartar esas imágenes y encontrar la suficiente oscuridad para ocultar su mirada y el recuerdo que se agrandaba y que daba cabida a un vacío que ganaría la partida una noche más.

De alguna manera, mientras conducía al amanecer volviendo a casa, mientras las notas de Every time we say goodbye, I die a little se desparramaban desde la radio de su coche mientras volvía a casa, ella sabía que aquellos ojos, los de color café, le decían que acabarían encontrando un camino, juntos, de vuelta a casa.

 

Red

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Rojo y negro

Perdido en esos momentos
entre el día y mis sueños,
entre el rojo y el negro,
entre el ahora y cien mil obstinados recuerdos,
entre tú y lo que queda de aquel que fui,
rodeándolo todo,
dándole sentido al tiempo.

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La magia del color

Entre el rojo y el dorado te veo aparecer, llenándolo todo de luz, aquí, entre el mar, el azul y el oleaje de mi memoria que, dulcemente te trae, cada día a mi lado.

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