Entre plácidos amaneceres
de azules, naranjas y fuegos,
duerme el deseo.
Como sábanas de satén azul,
entre la luz y el tacto de tu piel,
a la fresca brisa de un sueño.

Entre plácidos amaneceres
de azules, naranjas y fuegos,
duerme el deseo.
Como sábanas de satén azul,
entre la luz y el tacto de tu piel,
a la fresca brisa de un sueño.


Esta noche no podré evitar
volver a desear
sentirte junto a mi,
tan cerca,
acariciándonos la piel,
ardiendo bajo las sábanas.
Volveré a desear
saltarme todo lo aprendido
para ir a buscarte,
para sentir de nuevo esa mirada
que me hace sentir en casa,
para robarte un gemido
y acariciar, con los ojos cerrados,
tu piel, tan clara.
Esta noche, no podré olvidar tus palabras,
mientras te tiembla la voz de miedo y ternura,
mientras libras por dentro mil batallas,
cuando me confiesas
que me amas.
Esta noche seré tuyo
y ya no habrá nada
que pueda separarme
de tu corazón de plata
Si me preguntaras,
te diría que me encanta
cómo acaricias las palabras,
cómo las dejas en libertad,
cómo desnudas las cosas,
para que sean verdad.

Paisajes con carácter.
Paisajes elocuentes.
Mar y cielo intercambiando fluidos
y el viento,
rugiendo solitario,
como único testigo.

Nos hemos quedado solos,
mirándonos.
Nos hemos quedado helados
cuando la puerta se cerró
y soltamos la mano.
Dijimos hasta pronto
a las caricias,
al contacto,
a la cercanía,
al beso,
al abrazo que quedaba pendiente.
Nos hemos quedado solos,
mirándonos en el espejo,
escuchándonos,
reclamando silencio
a esa mente inquieta que no descansa,
para descubrir otra voz
que con los días aprendimos a reconocer:
nuestro propio grito de auxilio,
nuestro propio abrazo.
Y hemos comprendido
que estar lejos
no es estar distantes.
Que incluso en la ausencia
podemos seguir tocándonos
con las letras,
con esa música,
con esa huella invisible,
notándonos.

Y hoy soy tuyo
y mañana no estaré.
Que no somos de nadie,
ni del derecho ni del revés.
… aunque ayer fuimos el uno del otro,
justo en ese instante eterno,
en que quisimos Ser.
Intensamente juntos,
aquella vez.

Te llamaba Luna
y no estabas.
Suspiraba
y la noche callaba.
– Te llamaba, mi luna. ¿Dónde estabas?
– Recorría la tierra, lo inundaba todo de reflejos en el agua, acariciaba en silencio inmensos silencios de sal y calma, montañas limpias, naturaleza en paz en cada rama.
– Me gusta verte de nuevo iluminándolo todo: silencios, sueños y un mundo que se ha detenido para poder echar la vista atrás y ver lo que ha dejado, para dejar espacio a miles de seres que, ahora respiran y cantan, duermen y se sienten en paz.
Brilla mi luna, llena la noche de reflejos, sueños y el embrujo de tu caricia rielando sobre el infinito cielo y la sal del agua.

Ese breve instante … cuando cielo e infierno se funden en un atardecer.

Hay sombras a las que mueve el viento
y que al caer el sol se alargan.
Hay algunas raras luces
que me alumbran la madrugada
ondulando sombras hasta el alba.
Hay voces que se escuchan
entre el ruido y el tiempo,
que hacen latir corazones de plata.
¿Dónde estás mi luna dorada
que estoy ciego sin tu mirada?

Debe estar conectado para enviar un comentario.