«Ámame
bésame
besa mis labios
besa mi pelo
mis dedos
mis ojos, mi cerebro
hazme olvidar».
Charles Bukowski

«Ámame
bésame
besa mis labios
besa mi pelo
mis dedos
mis ojos, mi cerebro
hazme olvidar».
Charles Bukowski

Fíjate, que curioso, a veces te encuentro en cualquier sitio, respiro tu mismo aire, te siento conmigo… y todo eso, por ver cómo se despide el día en nuestro cielo.

Cuelgo mis sueños en las nubes para decorar cielos de esperanza.

Atardecía mientras paseaba por la orilla, mojándome los pies de sal y cierta indulgente nostalgia. Recordaba otros tiempos, otros mares, otras causalidades; me acordaba de esas personas que pasan por nuestra vida para cambiarla, que nos ayudan a entender y a aprender, a aceptar y, luego, a perdonar y a perdonarnos, cada día.
Atardecía y te sentí caminar a mi lado, en silencio, entrelazadas las manos, disfrutando el paisaje, saboreando el momento.
Atardecía. Sonreí agradecido y miré hacia adelante, hacia donde se mueven alegres todos esos recuerdos.

Escribes en la arena
lo que deseas efímero,
hasta que una nueva ola
se lo lleve consigo.
El mar guarda el secreto
de lo nuevo, de lo antiguo.
De todo aquello que deja
una estela de memoria
que, como una serpentina,
decora y despierta tu camino.

Siempre sopla a favor el viento…
Cuando relajado me susurra al oído
en una tarde fresca de verano,
cuando misterioso, se tensa,
antes de la tormenta
o cuando ruge ante el cambio.
Siempre sopla bien el viento,
cuando me acaricia el alma,
porque nunca pierde el paso.
Cuando me limpia,
cuando está en calma,
cuando arrasa, de repente,
y se lleva por igual
risas y momentos rancios.
Cuando hincha con fuerza
las velas de temores
y abismos vanos.
Cuando se calma de nuevo,
y deja paso al silencio,
al vacío, a esa ‘nada’
que llena de paz,
todo a su paso.
Siempre sopla a favor el viento,
me enseña que no hay que temer al cambio
ya que solo deja a su paso,
lo importante, mi ánimo,
limpio y claro.

Cuando leo cosas así enmudezco. Solo siento. Sonrío al notar la sensibilidad de quien lo escribe, de quien lo comparte. Hay almas que saben acariciar otras almas.
Eso sí me parece grande.
«El día que quise ser grande
me puse zapatos grandes,
grandes ropas,
frases grandes.
El día que quise ser grande
me compré una casa grande,
un velero,
cien montañas,
doce castillos
y un valle.
Y pasó el tiempo.
Y necesité el aire y olas para el velero.
Las flores y sus aromas para el valle.
La lluvia y el arco iris sobre las montañas.
La piel desnuda para las ropas.
El baile para los zapatos.
Y besos para mi boca.
Y vendí los castillos.
Y la casa grande.
Y el velero.
Y las montañas y el valle,
las ropas y los zapatos.
Y me quedé con el aire,
las olas y el arco iris
las flores y sus aromas,
la piel desnuda,
la lluvia,
el baile
y los besos en la boca»
Isabel Blanco

¿Y aún nos preguntamos por qué miramos al cielo?
Entre el mar y el cielo suelo encontrar emociones olvidadas, la distancia justa con los sueños, las palabras y, también, los infiernos.
¿Qué tendrán los cielos que, aunque ni me hablen ni me respondan, siempre hacen que me sienta nuevo?

Gracias por la foto Rafa Gallardo Garcia
Según Wikipedia, un calderón es, entre otras cosas, … “un signo de prolongación en notación musical que indica un punto de reposo, alargando la duración de las figuras musicales a las que afecta. Es decir, esta prolongación suspende el pulso que se estaba ejecutando hasta ese momento y la nota, silencio o barra de compás afectada, debe mantenerse durante un tiempo mayor del que indica en la partitura…. “
Para mi, lo mejor viene después… “La cantidad exacta de tiempo que se prolonga es a discreción del intérprete o del director, …”
Tal como yo lo veo, este Calderón no me parece ningún invento de un compositor generoso que quiera dar “espacio” y libertad al intérprete. Me parece, más bien, que se trata del reflejo sutil de la sensibilidad de alguien que, sintiendo la vida primero, comprendió que hay rachas, épocas, ciclos, momentos… en los que necesitamos de ese Calderón, de esa pausa para deleitarnos de la “nota” que vivimos, del silencio, de la ausencia de ritmo, suspendidos en el tiempo y la nada. Como esos segundos, cuando te lanzas al agua, en los que ni subes ni bajas, solo vuelas en ausencia de tiempo y espacio, sin pensar en el siguiente fotograma de tu vida, solo en el salto, en el presente, en el vacío, en el vuelo… en vivir.
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