La herida y la cicatriz

Quise refugiarme de la tormenta.
Encontré manos,
caricias al alma
y miradas que me abrazaron.

Fui feliz.

Pero la agitación no cesaba.
Había viajado desde muy lejos
para encontrar aquella magia,
persiguiendo el sueño
de sentirme amado.

Amé y me amaron.
Brevemente,
pero sin pausa.
Hice daño.
Me hice daño de nuevo,
por jugar a ser libre como el viento.

Aprendí que, casi siempre, nos herimos
intentando nuestros mejores momentos.
Intentando vivir,
sin reparar en nada,
ni en la ropa
ni en el camino
ni en el tiempo.

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