Cada día vengo a buscarte
al borde del mar.
Luego, siempre me amaneces
en el cielo,
solo un poco más allá.

Cada día vengo a buscarte
al borde del mar.
Luego, siempre me amaneces
en el cielo,
solo un poco más allá.


Ilustración del álbum de Yes «Close to the Edge» by Roger Dean
Me encontré parado, sentado en el suelo polvoriento, sin opciones ni ganas de moverme de donde estaba.
Respiraba agitadamente, recomponiéndome por dentro, intentando entender dónde estaba y hacia dónde quería ir.
Había olvidado ya la caída.
Había tomado tanta carrerilla que, en este momento, apenas entendía nada.
Solo recordaba que había sido fantástico, que me había emocionado como nunca antes, que había sentido la vida recorrer mi cuerpo de parte a parte y que, desde hoy, nada iba a ser igual.
Recogí del suelo lo que me quedaba; unas llaves, una pequeña caja de metal, un mechón de cabello rubio como el oro que coloqué entre las páginas de un pequeño libro de tapas azules que yo estaba seguro que lo explicaba todo. Lo metí en el petate y seguí caminando, mire al frente y no me separé del borde de la carretera.
Levante el pulgar de la mano izquierda, alce la mano y empecé a caminar. De nuevo, hacia ninguna lugar.

No quiero correr,
ni echar la vista atrás.
Voy a mirar de frente,
dejar de frenar mis pasos,
de caminar lentamente,
como si hubiera que estar pendiente
de no avanzar de más.
Me engaña la mente,
por eso escribo,
porque los recuerdos mienten.

Anda la luna escondiéndose
detrás de las nubes
que la siguen para abrazarla.
Ella derrama su luz sobre el agua,
acariciando la mirada perdida
de una niña en una noche robada.
Lleva ya la mar
muchas batallas ganadas.
Sobre las olas,
en la arena suave,
en tantas caricias soñadas.
Se enredan entre sus dedos,
suspiros, recuerdos,
emociones y calmas.
No hay pensamientos.
Es el corazón que habla desbocado
a la tempestad de su alma.
Ay niña que el corazón no entiende
ni de miedos
ni de mentiras
ni de patrañas.
Sólo habla de amor si le escuchas
y te llena de pasiones
y de caricias al alma.

«No sabía que me hiciera tanta falta aquel abrazo.
No tenía idea de que sentirte tan cerca
fuera a limpiarme tanto.
Me pregunté en silencio,
‘¿por qué has esperado tanto?'»
José Luis Afán de Ribera

Hay tanto vistiendo letras,
amores y cantos.
Hay tanto en el camino
si vuelas a buscarlo.
Hay tanto de ti en mí.
Fue tanto lo que nos dimos,
que suena música al recordarlo.

Ana siempre escribe desde dentro, acariciando las palabras. Unas veces dulcemente, con suavidad. Otras veces con pasión, y siempre, siempre desde el corazón.
Los amores más bellos
son amores callados.
Los que no hacen ruido al andar.
Aquellos que no necesitan gritar.
A los que tienen luz en sus ojos
e iluminan el otro mirar.
¡A ese Amor! A esos…
Eternamente y sin tinta
Tatuados en el Alma van.
Ana Lesman
Me guardo las palabras
en bolsillos de silencio.
Las guardo con los deseos,
los sueños,
y aquellos desbordantes anhelos
que creí nuestros.
Reposan con sabor a verano,
a lluvia en la cara.
Pintadas del color de la brisa
y de aquel olor a cielo.
¿Sabes?
todo eso también lo guardo dentro,
junto al roce de tu piel
que hace que cierre los ojos,
junto a aquel atardecer
que cuando lo recuerdo,
me deja sin aliento.
Me guardo las palabras,
las letras
y tu nombre,
que escribo lentamente,
suavemente,
con la yema de los dedos,
cada vez que tu mirada
se cuela en mis silencios.
© José Luis Afán de Ribera

El error no es mentir por temor a herir a otro;
el error es creer que mientes por ese motivo.
El error es mentir. Simplemente.
El error es engañarse a uno mismo,
creyéndote que lo haces por otro
cuando, en realidad,
siempre siempre,
mientes por ti.

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