Todo lo que me queda de ti cabe en mi mano, la que me sostiene el corazón.

Todo lo que me queda de ti cabe en mi mano, la que me sostiene el corazón.

Paciencia es lo que tiene el amigo del tiempo que acompasa su paso, su ritmo, porque sabe que no se puede llegar antes ni, tampoco, después.
Se llega en el momento preciso.

STEPS OF MONTMARTRE, PARIS, c.1936. Photograph by BRASSAI
Hay días en que parece
que cada palabra late.
Que cada letra del poema
teje su propio encaje.
Todo un misterio
que tiene su propio lenguaje.

Cómo decirte lo mucho que te comprendo,
que compartimos hueco,
un mismo espacio,
un vacío intenso,
en ese lugar del corazón
en el que un día hubo alguien dentro.

Solo a los que les importas sabrán escucharte cuando guardes silencio.
Habían quedado en aquella cafetería. A él le encantaba, no solo por el olor que desprendía el café y la bollería que preparaban, sino porque le traía recuerdos ondulados de algunas mañanas de domingo, cuando se acercaba a comprar unas cuantas pastas para llevarlas a casa y desayunar juntos. Recordaba las risas cuando el chocolate se quedaba en la comisura de los labios o en el bigote. Eran aquellas mañanas que se teñían de cariño, risas y paz; aquellas mañanas que tanto le gustaban.
Todo eso evocaba aquel sitio y a todo eso le sabía aquel café.
Hacía varios días que no pronunciaba palabra, que no hablaba con nadie. Era cierto que disfrutaba con su soledad, que cada minuto de silencio cómplice, era un lingote de felicidad compartida consigo mismo. Aunque ahora, después de meses de vivir sumergido en su universo, le apetecía volver a verla de nuevo y que le contara todas sus cosas. Le apetecía sentarse frente a ella y escucharla cuando notaba como, poco a poco, se relajaba y charlaba por los codos mientras miraba su smartphone e iba respondiendo a otras personas. Él solo quería saber de ella, estar con ella un rato y disfrutar, nada mas. Podía compartir ese momento con otros.
A estas alturas no importaba que hiciera casi una hora que la esperaba. Siempre llegaba tarde. Mientras esperaba, el sol empezaba a atemperar la cristalera y abrigaba, como un tibio manto, aquella mañana. Intentaba no estar demasiado nervioso, respiraba profundamente de vez en cuando para relajarse y no estar mirando constantemente la hora.
Cualquiera que se hubiera fijado en él, se habría dado cuenta que se secaba los ojos cuando se dio cuenta de que había pasado ya más de una hora y temía que quizás no viniera. Cualquiera se habría dado cuenta de que dudaba si irse o no y que casi se levanta en varias ocasiones. Cualquier se habría dado cuenta, pero nadie le miraba.
Cuando ya pasaba una hora larga que esperaba allí sentado, apareció ella y, de repente, la tristeza se había esfumado, todo había quedado olvidado.
En un momento, ya estaba ella haciéndole sonreír de felicidad borrándolo todo. Así le hacía sentir, feliz, simplemente, cuando estaba con ella.

En el cielo,
en el agua,
en la arena.
Pinceladas de blanco,
de sal,
de pasión,
de luz,
de azul.
Y cuando estalla de nuevo,
abro mucho los brazos,
como volando,
intentando inútilmente abrazarla,
como queriendo tragarla
o respirar hasta la última gota
de toda esa primavera
que se me enredaba por dentro.
… y no lo entendía,
solo sentía en lo más profundo del alma,
que era yo quien corría a su encuentro,
ansiando ahogarme en ella.
Abrir la ventana al atardecer
siempre me provoca esa sensación de invierno,
de adiós,
de acariciar recuerdos,
de ti,
de mi,
del reencuentro.


Dice la primavera
que no sería lo mismo
sin el frío invierno;
sin ese vaciarse lento de los sentidos,
sin ese adormecerse de las cosas,
poco a poco,
a base de lluvia,
rocío y viento.

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