Acaso

Quizás el sol
dé calor a mis versos
o tal vez sea la luna
la que deja su estela tras ellos.
No sé si tú ahora
los estarás leyendo,
si los estarás sintiendo.

Quizás solo sea yo
que le doy forma a mis sueños
y escucho aquella música
entre rimas y besos.

Quién sabe de cuántos pasados
se componen los recuerdos
y, si solo con recordar,
tiene bastante el corazón
para seguir latiendo.

Cuántas veces hay que suspirar
para dar un vacío por lleno.
O será, acaso,
que hay que desalojarlo primero.

Y por tanto, hay que concluir,
que está todo en los versos,
que no importa ya
si lees o no lees esto,
que de pasado no se vive,
solo se muere de a pocos,
cuando se pierde el tiempo
y se funden amor, olvido y recuerdo.

Pero, sobre todo, al final,
el corazón entiende
que el amor nunca muere,
que aparece siempre,
cuando el pensamiento se olvida
del maldito enamoramiento.
Porque ahora sé,
que el amor perdura,
que me sostiene desde dentro,
siempre arriba y abajo,
de noche y de día,
en este mundo de amores y versos.

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Una tarde de Marzo

Me he quedado sin palabras dignas para acompañar este espectáculo que os dejo. Una puesta de sol es mucho más que el Sol escondiéndose en el horizonte. ¿No os parece?

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La niña

Estos versos que hoy publico son una parte de mi vida. Estos versos que hoy siento y entiendo mejor que nunca, se los escuchaba recitar a su autor desde que tuve uso de razón. Además de estas letras, le escuché recitar cientos de versos, unos suyos, otros ajenos, de poetas y pensadores de su tiempo, de cualquier tiempo. Lorca, Becquer, Campoamor, Rosalía de Castro, y otros tantos.
Los suyos los escribió en cualquier sitio, una cuartilla, una servilleta de papel, una libretita de notas… daba igual, con tal de dejar sus rimas escritas. Le brotaban del corazón, como un manantial, como un torrente de su Granada querida. 

Ese poeta fue mi padre. Carlos Afán de Ribera Cano. Estas son sus letras.

 Con su pasito menudo
iba la niña a la fuente,
cantarito bajo el brazo,
carita de pan caliente.

De esmeralda son sus ojos
y de azabache su pelo,
sus piececitos de almendra
van acariciando el suelo.

Y mientras va caminando
la niña, canta que canta,
envidian los ruiseñores
los trinos de su garganta.

Con su pasito menudo
va la niña caminando,
por donde la niña pasa
queda el aire perfumado.

Tiene del clavel el garbo,
la hermosura de la rosa,
y la fragancia del nardo.

Parece la mariposa,
que indecisa va volando
y toma de cada flor
aroma, color y encanto.

Con su pasito menudo
sigue la niña su andar
ilusiones y esperanzas
la vienen a acompañar.

Nuble blanca que en el cielo
hacia el infinito vas
inexorable destino
de tu lento caminar.

Golondrina que viajera
pasas volando fugaz,
si buscas la primavera,
párate, porque aquí está.

Arroyuelo cristalino
que impaciente busca el mar
a lo largo de tu curso
cuánta tierra has de regar.

Con las flores el camino
se hace más fácil andar
el Sol las mira, sonríe
y se abren de par en par.

Los caminos de la niña
¿adónde la llevarán?
Cuando las flores se abran
¡Allí me gustaría estar!

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Imagen: Alberto Pla y Rubio

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… llenándose

Ayer leí un verso que me emocionó. Es de una página de Facebook que recomiendo sinceramente. VEG

El verso que leí, está al final de esta pequeña introducción que le he añadido yo. Al fin, es la historia que me ha sugerido. Gracias VEG por permitirme utilizar ese fragmento.

Mientras caminaba,
ella le robaba suspiros al viento.
En el último intento
se dejó un buen trozo
y, de repente, se encontró
con ese vacío dentro.

Él pasaba por la vida,
sabiendo que guardaba
en un cajón sus propias cenizas,
consumiendo, como la llama de una vela,
el deseo de volver a verla.

Pero en cuanto se vieron…

No se pidieron nada ni cruzaron palabra, sólo se escucharon, en silencio, llenándose el uno del otro con todo lo que les faltaba…

 

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Sentir

Deletreo tu nombre gota a gota.
Escucho tus pasos uno a uno.
Siento tu mano,
entrelazados los dedos,
acariciándonos el alma al caminar.
Junto al mar.
Siempre junto al mar.

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Si alguna vez…

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La sonrisa y el espejo

Un fragmento de un relato que espero terminar uno de estos días.

«Y de respirar y contaminarse con esos recuerdos que ya eran tóxicos, por su cabezonería de no olvidarlos, se fue tiñendo de gris su alma, poco a poco, aquella expresión de apatía invadió su rostro y, en el centro de su pecho, creció un vacío, sólido y grande que parecía ocuparlo todo.

Vivía dentro de su pozo, ese lugar que había decorado ya con recuerdos, lágrimas brillantes en cada luz y toda suerte de gozos pasados por el tamiz del lodo. Desde el fondo de ese mal llamado “hogar”, vivió hasta que, harto de todo, quiso salir con todas sus ganas. Había pasado demasiados días maldiciendo su mala suerte, mientras miraba al cielo gritando lleno de rabia, por la injusticia que sufría, por el daño que su seco corazón soportaba.

Desde el fondo de su ser, deseaba salir, pero ni se enteraba de que estaba ahí metido ni sabía salir del pozo. Se desesperaba.

Paseaba en busca de una sonrisa. Él creía que le salvaría de todo mal y que le curaría. Se enamoraba de la primera expresión bella que veía, sin entender que toda sonrisa es hermosa, porque hermosa es ella, la persona que la porta, que la disfruta y que la siente con ella.

Las vio de muchos tipos, las discretas, las tímidas, las hilarantes, las abiertas, las sinceras y hasta las heroicas. Todas eran muy bellas y caía siempre de bruces al sentirlas, al acercarse a ellas. Pero no había ninguna como la de ella, la que le robo corazón y sueños, la que le dijo que su corazón ya no era suyo, que lo había regalado a un alma más hermosa, que le contaba otros sueños y que, sin querer, la enamoraron.

Él salía,  un día tras otro salía a buscar, a encontrarse con ella, con esa sonrisa que le diera olvido, paz y alegría, en sobredosis, para calmar todo aquel gris, aquel vacío, aquella agonía.

Al pasar cerca del escaparate de aquella tienda, algo le detuvo a contemplar su imagen, la que paseaba con él por la acera. La miró con detenimiento. Era de mediana estatura, maduro ya, pero con buena figura. Había perdido grasa y flaccidez. El mal trago no le perdonaba su amargura y había consumido lo sobrante, mollas, lorzas y curvas.

De pronto reparó en su rostro, entre la bruma de su mente, entre tanto razonamiento obtuso. No había curvas en él, ni mirada ni sonrisa ni aquella alegría que, en otro tiempo, tanto llenaba de color su alma inquieta. Se dio cuenta de que ése que veía reflejado era él, el del rostro gris, el de la sonrisa oscura. No entendía cómo había llegado a tener esa tez blanca, gris y oscura, todo a la vez, sin color. Y, sobre todo se preguntaba, dónde estaría aquella pizca de locura que tanto le gustaba guardar, que le hacía sonreír al recordar momentos llenos de naturalidad y ternura.

Sonrió triste y casi le dolieron las mejillas, del tiempo que hacía que no practicaba. La falta de costumbre pensó. Casi no le salía. ¿Cuánto tiempo hacía?

Se quedó ante aquel escaparate un tiempo indeterminado, mirándose, sin poder apreciar nada más a su alrededor. Intentaba comprender y, al final, comprendió. Vaya si comprendió.

Emprendió decidido el camino hacia su casa. Tenía que probar, tenía que saber. Al llegar, se plantó ante el espejo y ensayó y ensayó. Se dio cuenta de que había olvidado sonreír. Que su rostro era serio y parecía gris. Así que entrenó y entrenó. Practicó una sonrisa franca y se entristeció al ver que no sabía, que apenas se acordaba.

Días después, seguía con la práctica hasta que no pudo más y soltó una carcajada al verse. Su cara era tan ridícula intentando la mueca, que se vio desde fuera y comprendió y rio de nuevo y lloró y se encontró. Se encontró detrás de todos aquellos paquetes inútiles que guardaba en el desván de su mente. Encontró los trozos perdidos, los labios alegres, la alegría que le quedaba en el corazón. Y le sacó brillo a su presente y salió al mundo a comerse los pasteles, a respirar los mundos que ahora sentía y a navegar las alegrías que le esperaban en aquellos días y aquellas noches que una a una vivía.

Y empezó a ver las sonrisas y a disfrutar de ellas, a reír, a no esperar nada, solo su propia sonrisa, su merecida paz y la gran alegría que quererse a si mismo.

Y un día, amaneció una curva entre el espejo y su propia sonrisa. Una curva brillante que le sonreía y le decía “¿dónde has estado?  Te quiero”.

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De repente

Apareces y, con solo unas palabras, despiertas en mi tormentas y tempestades. La sal me desborda la mirada y, de repente, el mar invade mis ojos.

Hay algo en ti que me llama, que arde más allá, que grita en cada color, en cada verso, en cada trozo de ti. Gracias por acercarte a mí.

Mis manos piden más de ti.

 

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Estaciones

Vivo la primavera de las caricias,
el verano de las pasiones,
el otoño de las melancolías,
que me pintan sonrisas
y recuerdos de aquel manantial,
de aquellas canciones.

Me acabo el invierno,
ese que me ha hecho aprender
grandes lecciones,
de amores y desamores,
de caricias y pasiones,
de amigos y de vida,
de ti y de mi,
pisando y borrando
huellas en la arena,
rebosando amor,
en todas las estaciones.

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Hoy qusiera

Hoy quisiera decirte al oído
que todo eso que sientes
es tan tuyo como mío.

Que esa es la pasión,
la que revolotea entre los dedos,
la que se abre paso entre sueños,
de noche y en cualquier momento.

Quisiera explicarte
todas esas cosas
que solo se entienden
con un abrazo
y, acaso, robándote un beso.

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