
En ese adoquín,
entre el ruido y la prisa,
hay una boca oscura que traga
directo al océano.
«No tirar nada.
No vaciar nada».
Lo dice una placa que no llegas a ver,
casi invisible,
grabada en el suelo como una oración
que nadie reza,
que todos pisan.
El mar empieza aquí,
en esta rendija entre piedras.
Aquí empieza el agua
que recoge el llanto,
el que cantó Lorca
con la boca llena de sal.
Aquí empieza la mar
que Manrique llamó destino,
la que Machado cruzó
haciendo camino,
la que Alberti reclamó
desde su tierra.
Aquí empieza la que los niños tocan
por primera vez
con los ojos anegados de sal.
Aquí empieza el mar de todos.
El de tu playa en verano,
el de las noches con ella,
el del paseo de paz.
Y tú estás de pie sobre él,
con algo en la mano
que aún puedes no arrojar.
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