«Porque yo quise olvidar
y puse un muro de piedra
entre tu casa y la mía.
Es verdad. ¿No lo recuerdas?
Y cuando te vi de lejos
me eché en los ojos arena.
Pero montaba a caballo
y el caballo iba a tu puerta».
Federico García Lorca
«Porque yo quise olvidar
y puse un muro de piedra
entre tu casa y la mía.
Es verdad. ¿No lo recuerdas?
Y cuando te vi de lejos
me eché en los ojos arena.
Pero montaba a caballo
y el caballo iba a tu puerta».
Federico García Lorca
Qué buena memoria tiene la piel
que, de tanto esperar,
siente a quien ya fue.
Qué risas,
qué miradas,
aquel atardecer,
todo un ayer
que se presenta como si fuera de hoy,
de siempre,
de los que jamás se han de perder.

Entre la luz de la verdad
y la sombra de la duda
reposan mil reflejos
de estelas de luna.
Buenos días mi luna.
Buenas noches locura.

Y qué ganas de salir a por todos los anocheceres y subir montañas y surcar mares y vivir mirando hacia adelante, allá donde se pierde la mirada y dónde termina el camino conocido.

He pintado un cielo
para soñar contigo,
un mar
para nadar los dos,
dejando en tierra
el apego y el dolor
que nos causamos
a nosotros mismos.
Que la esperanza
está fuera de control
y aparece y desaparece
desde cualquier rincón.

No hay libro como el mar,
que escribe, una y otra vez,
con olas de plata y de sal,
lo que necesitas saber.

Juegan conmigo la luz y el color de la tarde. Juegan a esconderse, a que les encuentre detrás de esa nube, tapadas de rojo y naranja; breves, como el momento vivido, desapareciendo, justo después de hacerme sentir vivo.


Vivía entre letras.
Se perdía entre vidas,
infiernos y velas.
Bombeaba tinta
que brotaba de sus heridas.
Pasiones, puntos, comas
y el rojo tiñendo las rimas,
hasta pintar las nubes
e iluminar el cielo
en cada una de sus esquinas.

Si amanece así, el día promete.
Si eres capaz de apreciar ese breve momento, convertirlo en regalo y quedarte sin aliento, ya estás preparado.
Y luego dirán que está callada,
sin decir nada, … muda,
Pero a mi me habla claro
y me susurra,
entre el murmullo de las olas,
que no suelte su mano.
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