Luna de enero

Fui a ver la luna cómo rielaba
en las gélidas aguas de enero.
Fui a acariciar un sueño
antes de cerrar los ojos.
Fui a despedirte por hoy
mi luna bella.
Fui a llenar mí alma
con tu plateado reflejo.

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Luz de luna

“Vi la luna sola, incapaz de compartir su fría belleza con nadie”

Haruki Murakami

… y me quedé con ella
durante infinitos días y noches,
aunque ni siquiera sospechara
que estaba allí para ella,
haciéndole compañía.

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Somos nosotros

Somos nosotros

quienes levantamos las murallas,

quienes nos ponemos límites,

quienes tejemos, con el miedo,

las alambradas.

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Poco a poco

En el amanecer de un día,
poco a poco,
dejé de buscar tu rastro,
dejé de echar de menos tu recuerdo,
dejé de esperar que un día,
quizás un día,
fueras tú quien me echaras de menos.

Poco a poco solté los hilos,
corrí contra el viento para llenar
de aire limpio la cometa
y empecé a volar con ella.

Poco a poco,
te perdí en la memoria,
ya no imaginaba constantemente,
mirar la luna a tu lado,
ni miraba mi mano
preguntándome dónde estaría la tuya.

Poco a poco
desistí de alejarme,
de acercarme
o de sentirme
lleno de aquello.

Muy poco a poco,
mi piel dejó de extrañarte,
perdoné los espacios,
los vacíos que quedaron,
las omisiones y las culpas.

Y llegó un día
en que ya nada importó.
Ni tú ni yo
ni aquel amor
que cambió mi vida
y que vino a rescatarme.

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Soles

Me invento soles
y atardeceres de colores.
Me invento días y noches,
y los pinto de emociones.

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Tienes dentro …

Hay tantas voces dibujando versos y soltando a bocajarro todo lo que llevan dentro.
¡No hay que perderse ninguna!
Hoy os traigo hoy un poema de Nuria Checa, a la que agradezco que me haya dejado publicarlo, y que escribe así de directo, así de bien, así de limpiamente.

Espero que os guste.

La podéis seguir en:
Instagram: nchecaa
WordPress: nchecaversos.wordpress.com

Tienes dentro un gusano negro. Vive en tus entrañas, se mudó ahí y tú sin saberlo.

Tienes dentro el temor más venenoso. Ahora luchas por sacarlo, pisotearlo y matarlo, pero es duro como el hierro.

Tienes dentro un tormento. Que no te deja ser, que no te deja sentir. Y tú, te dejas morir lento.

Pero hoy amaneces, que no es poco, con ciento y un remedios para tus adentros. Con esa sonrisa que provoca miedo a tu miedo interno.

Hoy amaneces en un paraje distinto al resto, uno que gotea vida y versos en tus ojos, esos que parecían muertos.

Hoy, tal vez beses este roto mundo para protegerlo del estúpido y enfermizo circo en el que se ha visto envuelto, para liberarlo de tanto sin sentido y ser su amigo, si todavía estás a tiempo.

Hoy matarás al gusano que recorre tu cuerpo. Hoy sabrás cuál es el camino que te lleva fuera y a la vez dentro. Hoy entenderás todos tus viejos lamentos.

Hoy serás hoja en blanco y futuro incierto. Hoy serás de nuevo. Hoy serás y volarás lejos.

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La puerta de tu corazón

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Al atardecer

¿Ves como si podíamos volar … y aterrizar sobre el viento?
¿Ves amor como lo realmente imposible es dejar de soñar?

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Eres

Eres, de mi pasado,
lo más bello,
de mi presente,
la sonrisa franca
que brota sin llamarla.
De mi futuro,
una mirada clara
que mira hacia adelante
y ya no teme nada.

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Nochevieja, espejo roto. (II de III)

Siempre fuiste mi espejo, quiero decir que para verme tenía que mirarte.

Julio Cortázar

Nochevieja I

La oía llorar. Lo hacía hacia adentro, pero la oía llorar. La niña que era, se sumergía en el silencio, se ahogaba, se protegía de la soledad ignorando el vacío, la profundidad, el espacio que la invadía por dentro, ocupándolo todo, vaciándola toda y de todo.

No se atrevía ni a mirarse en los cristales ni a perseguir con el rabillo del ojo su propia sombra.

¿Es que aquella noria no iba a parar nunca? Primero volar hacia las nubes, henchida de ilusión, vestida de sueños, ignorando el pasado, para siempre acabar cayendo, viendo como se hacían añicos sus caricias al viento, estallando los sueños en mil pedazos contra el suelo.

Ella sabía lo que veía, veía lo que sentía. El amor no era un secreto para ella. Sabía llegar a la profundidad de aquella mirada envuelta en reflejos de azul y púrpura, de carmín, granate y rojo. Sabía entender el amor que se ocultaba allí, sabía sentirlo como nadie, en cada detalle.

Pero había ocurrido de nuevo. Estaba allí arriba y, aunque no le gustara debía soltarse. Nunca eran solo ella y él. Siempre había alguien más y, por algún motivo, siempre parecía llegar a causarles dolor.

La terca realidad la empujaba a mirarse en el espejo, a entenderse mejor. Sabía que no podría evitar ese momento, pero lo posponía. Lo haría mañana. Y así tarde tras tarde. Mejor no se miraba. Había que preservar esa imagen del reflejo, esa que el espejo deseaba ver clara y ella ahora detestaba. No era una realidad que a ella le gustara.

“Ven”, la susurraba. “Acércate a mirarte. Sabes que tarde o temprano tendrás que asomarte y ver el dolor que has causado”.

Y, finalmente, iba a enfrentarse a sí misma, al espejo. Se acercaba poco a poco, mirando hacia el suelo. Luego poco a poco, levantaba la vista para ver lo que quedaba de ella. Se miraba y se contemplaba con una crudeza que solo ella comprendía. Tal cual. Hasta que la sal no la dejaba ver más.

Pero eso no era lo peor. Ese no era el peor momento. Verse y darse cuenta del rastro que había ido dejando. Sentir y ver las heridas que provocó, entender las cicatrices que, al final, se marcaban en su propia piel; aprender del dolor, de las sombras y de todas y cada una de las infinitas noches de llanto y, aún con todo eso, aceptarlo. Aceptarlo y volverse a erguir, devolviéndose el poder de vivir, de amar y no mirar atrás, de no pensar y volver a sonreír. A levantar la mirada, apuntar al horizonte y salir volando.

Todo eso no era lo peor, porque, para eso, aun debía saber qué hacer con aquel sentimiento, con aquel amor que aun la vestía completamente, por dentro.

¿Cómo rendirse cuando aun sigues amando?

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