Perderse para encontrarse

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A golpe de besos.

Si pudiera explicar
lo que siento cuando nos besamos,
besaría cada palabra,
cada letra,
cada brote de pasión
que en ellas hubiera.

Si pudiera sentir tu beso
cuando estamos lejos,
ahuyentaría uno a uno los miedos,
las dudas, la melancolía
y separaría
cielo e infierno
de un solo golpe, con un solo beso.

Y puedo sentir
cada uno de esos besos.
Los del primer día,
aquellos de la última vez,
los de “aquel” abrazo,
o los del “aquel” momento mágico.

A veces pienso
que alguien convirtió en estrellas
uno a uno los besos que nos dimos
y el firmamento quedo, así, salpicado de ellas.

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Ni de ti ni de mi

No somos de nadie.
Ni de ti ni de mi
ni de nosotros.
Aunque, a veces, a una parte de nosotros
le gustaría ser del otro.
Pero no somos de nadie
ni de ti ni de mi
ni de nosotros.

Somos de ese mar
que se nos derrama en los ojos.
Somos del ocre de la tierra
que se cubre de hojas secas,
de flores de otoño.
Somos de ese cielo
en el que volamos libres.
Somos de ese azul
que nos cubre por dentro
cuando estamos solos.

En tus ojos tristes
veo pasar mi vida entera.
En esos que, cuando me miran,
me dibujan lo que la boca no sabe decir,
Que me cuentan flores y rosas rojas
porque en tu dulce sonrisa
vive mi presente
en una feliz primavera.

No somos de nadie.
Ni de ti ni de mi
ni de nosotros.
Aunque, a veces, a una parte de nosotros
le gustaría ser del otro.
Pero no somos de nadie
ni de ti ni de mi
ni de nosotros.
Somos de ese mar, azul,
que nos echa de menos,
que nos derrama en los ojos.

 

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Ojos negros. Agua clara.

Podías ver la bondad 
en el brillo de sus ojos negros.
Su sonrisa la reflejaba. 
Sencilla, sin poses.
Natural, como el agua clara.

Si te sonreía era como si el mundo, 
de repente, te aprobara, te aceptara.
Tu vida cobraba sentido 
con su sola mirada.

Como si la brisa moviera,
por fin, las cortinas de tu alma. 
¡Qué no daría yo por limpiarla 
con esa mirada clara, 
con esa sonrisa blanca.

Regalarte un nuevo entorno,
sin previo aviso,
eso te regalaba. 
Amar. 
Así, sencillamente,
sin mediar palabra.

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Soledad, dulce compañía

Buscando a aquel niño que fui, encontré un mundo olvidado que había dejado atrás. Apareció ante mi un tiempo perdido que se había quedado parado esperándome. Pobre, no sé cómo pasó. Ahora sé que no debí hacerlo.

No debería sorprenderme encontrar en él todo tipo de recuerdos, de sueños, de pensamientos, emociones y deseos. Pero allí estaban, como cuando los dejé, como cuando me olvidé de ellos.

Estaban mezclados unos con otros, sin orden ni concierto, buenos y malos. Aunque, en realidad, ¿cuál era cuál? … ya ni me acuerdo. Se agolpaban unos contra otros en una de esas cajas en las que guardamos nuestros pequeños secretos. Un anillo, una llave, una libreta llena de promesas eternas y versos apasionados, alguna foto, un llavero, un mechón de cabello… Todos ellos, celosamente guardados, primorosamente frescos, como si no hubiera pasado el tiempo.

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Los contemplé uno a uno. La llave, de aquel candado, que cerraba una caja o un cajón o, qué se yo… ni me acuerdo. Solo recuerdo que lo que había dentro era un gran secreto. Algo que, aun sin recordar qué fue, me hizo sonreír mucho tiempo y que, ahora, al recordarlo, le ha dado magia a este momento.

El anillo, bisutería. Sin más valor que aquel gran amor que honramos con orgullo al llevarlo, con esa enorme pasión del primer momento, del primer beso quizás, de algo bello y ya muy lejano pero que aun vive y palpita con fuerza dentro. Te recuerdo.

La foto de aquella chica, de cabellos dorados y sonrisa color de cielo. El llavero, ese primer regalo que ella compró con algunos céntimos. Su mechón de pelo, como el oro, aun evoca la frescura de aquellos momentos.

Y esa pequeña libreta de notas que atesoró, durante todo este tiempo, palabras, versos y rimas rebuscadas. Que usaban “jamás”, “nunca” y “por toda la eternidad”, para recoger ese momento efímero e indestructible del primer beso. Letras que pretendían un imposible porque, ¿cómo puedes poner en palabras todo el amor de ese primer momento? ¿Cómo enmarcar ese primer amor que rabiaba por parar el tiempo y que se agarraba al reloj para que no acabará jamás aquel torbellino de emociones y sentimientos?

¿Ves? Ya me ha secuestrado el recuerdo de todo aquello. Ya he sonreído y llorado como en otros tiempos. Qué hermoso es encontrarse después de haberse perdido, después de no enterarse de lo rápido que nos perdemos, de lo fugaz del tiempo.

Pero, sabes, aun te recuerdo. Aun se me acelera el corazón cuando te pienso.

Hoy, sea como sea, me doy cuenta de que debo agradecer llevar bajo mi piel, uno a uno, momentos, amores, anhelos, recuerdos, sueños y unos cuantos nombres que, cuando los evoco, me traen a la memoria amores que me dejan sin aliento.

Agradezco pues todo lo vivido, todo lo que la vida me ha dado e, incluso, lo que me ha quitado, aunque nunca fuera mío, porque todo ello no es mas que mi vida y está llena de sueños, unos cumplidos y otros por cumplir aún.

Hoy, dando gracias por esta dulce compañía que es la soledad, quería contaros cómo descubrí una pequeña caja, llena de vida, que había perdido en algún lugar del tiempo.

 

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Hay palabras que nos besan como si tuviesen boca …

Salen mis sentidos a pasear cada mañana antes del alba, cuando la oscuridad aun se impone a la luz; cuando la noche sabe que ha de fundirse con la mañana; cuando, como decía el tango, “el músculo duerme, la ambición trabaja”. Y cada día me pregunto ¿cómo amanecerá hoy? ¿cómo amaneceré yo?

Y hoy empezaba con estas fotografías que me enviaba el amigo José Luis Francisco, que es mis ojos al mar y al amanecer de cada día, desde su barco mientras faena frente a las costas de Vilanova i la Geltrú en Barcelona.

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Amanecer 5.10.2016 Fotografías de José Luis Francisco Restaurante El Vaixell                       Vilanova i la Geltrú

Como veis, son hermosas, cada día son hermosas, y cada día reflejan un estado distinto, una condición diferente, un estallido creativo de la naturaleza que lo adorna y lo pinta como le apetece. Y le agrega o hace desaparecer matices, nubes, soles o aromas, que no noto, pero que siento como si estuviera allí mismo. Esa es la realidad que percibo. Una realidad que cambia pero que siempre me da motivos.

Escribo casi cada día sobre lo que me ocurre, acerca de lo que me es cotidiano, sobre aquello que me llama la atención y me ocupa en algún momento del día. Me he acostumbrado a tener los sentidos relajados, abiertos, dispuestos a recibir esas sensaciones que parecen llegarme limpias para que las pueda acariciar y ponerles palabras aunque, a veces, aparezcan envueltas en niebla y deba intentar saber qué se oculta tras esa cortina que la cubre.

Qué poco me cuesta aceptar el día tal cual es y absorber cada segundo… ¿Por qué no me ocurre lo mismo con lo que me presenta la vida? Qué manía con quererla controlar o alterar a mi gusto.

Si al fin solo es cuestión de ajustar mi percepción, mi mirada, esa es la cuestión. Porque aunque hayan días grisáceos o azules o negros como el tizón, o amaneceres ocultos en que no pueda ver salir el sol y tenga que confiar en que está en algún lugar tras esos nubarrones, las fotografías son siempre bellas. Siempre. Soy yo el que no le pone el corazón para que la realidad que vivo siempre lo sea.

Aceptar cada mañana como distinta, cada día como único, sentir cada momento porque sé que nunca volverá. Es sencillo, simplemente amanece distinto. Es una cuestión de actitud.

Y, para mostrarme que todo esta lleno de belleza y que debería verla, aunque mi día haya empezado hoy tropezando, al final me ha llegado esta sorpresa. De Alexandre O’Neill

Hay palabras que nos besan
como si tuviesen boca.
Palabras de amor, de esperanza,
de inmenso amor, de esperanza loca.
Palabras desnudas que besas
cuando la noche pierde el rostro;
palabras que se oponen
a los muros de tu disgusto.

De repente coloreadas
entre palabras sin corazón.
Esperadas inesperadas
como la poesía o el amor.

(El nombre de quien se ama
letra a letra revelado
en el mármol distraído
en el papel abandonado)
Palabras que nos transportan
donde la noche es más fuerte,
al silencio de los amantes
abrazados contra la muerte. 

 

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Desvaríos

Parece que oigo a mi padre recitar palabras parecidas a estas.

Me paré junto al arroyo a darle alimento a mi alma al arrullo del agua.  Aquel agua limpia, fresca y transparente, llevaba disuelta la pureza de aquel amor valiente que vivieron río arriba.

Su alimento, la pureza de las alturas, como cuando volaban, batiendo alas, planeando, jugando con el viento. Como cuando lo contemplaban todo lejano, pequeño, allí a lo lejos.

Que distinta la sensación ahora, al volar con el vientro rompiendo la proa, al nadar contra la corriente. Caminando por terrenos pedregosos, tortuosos, a veces secos y oscuros. No sabiendo si el norte es el sur o está al frente.

Que distinto ahora cuando ese sentimiento de vacío sinfín llena sus alas rotas, se apodera de sus pasos y de su vida, día a día, arrastrando el límite más allá del horizonte de roca, más allá de cualquier desenlace, de un extraño fin que no define ni marca la hora.

Que distinta la fuente que ya no mana eterna, que dejó de alimentar vuelos e ilusiones, utopías y canciones.

Me paré junto al arroyo a relajar mi alma al arrullo del agua y esta vez inicié un viaje que me lleva lejos, muy lejos y que – qué paradoja  – me aleja muy cerca de mi.

Hace mucho que todo aquello pasó. Hace mucho que el dolor terminó. Ya terminó. No hay malos ni buenos aquí. Nadie es mejor ni peor que tú o que yo.

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Imagen del amanecer sobre Vilanoa i la Geltrú. Autor José Luis Francisco

 

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Elegí la vida

Me ha impresionado este poema de Rudyard Kipling muy profundamente. Como me ha pasado otras veces, creo que ya lo había leído pero está claro que, hasta que no es tu momento, el mensaje no te llega, aunque te lo estén escribiendo en las narices. Espero que lo disfrutéis como me ha pasado a mi.

No quise dormir sin sueños:

y elegí la ilusión que me despierta,
el horizonte que me espera,
el proyecto que me llena,
y no la vida vacía de quien no busca nada,
de quien no desea nada más que sobrevivir cada día.

No quise vivir en la angustia:
y elegí la paz y la esperanza,
la luz,
el llanto que desahoga, que libera,
y no el que inspira lástima en vez de soluciones,
la queja que denuncia, la que se grita,
y no la que se murmura y no cambia nada.

No quise vivir cansado:
Y elegí el descanso del amigo y del abrazo,
el camino sin prosas, compartido,
y no parar nunca, no dormir nunca.
Elegí avanzar despacio, durante más tiempo,
y llegar más lejos,
habiendo disfrutado del paisaje.

No quise huir:
y elegí mirar de frente,
levantar la cabeza,
y enfrentarme a los miedos y fantasmas
porque no por darme la vuelta volarían.
No pude olvidar mis fallos:
pero elegí perdonarme, quererme,
llevar con dignidad mis miserias
y descubrir mis dones;
y no vivir lamentándome
por aquello que no pude cambiar,
que me entristece, que me duele,
por el daño que hice y el que me hicieron.
Elegí aceptar el pasado.

No quise vivir solo:
y elegí la alegría de descubrir a otro,
de dar, de compartir,
y no el resentimiento sucio que encadena.
Elegí el amor.
Y hubo mil cosas que no elegí,
que me llegaron de pronto
y me transformaron la vida.
Cosas buenas y malas que no buscaba,
caminos por los que me perdí,
personas que vinieron y se fueron,
una vida que no esperaba.
Y elegí, al menos, cómo vivirla.
Elegí los sueños para decorarla,
la esperanza para sostenerla,
la valentía para afrontarla.

No quise vivir muriendo:
y elegí la vida.
Así podré sonreír cuando llegue la muerte,
aunque no la elija…
porque moriré viviendo.

Rudyard Kipling

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La Costa de los Sueños de Cristal

Si la quereis escuchar, le puse voz hace unos días. Pincha aquí

La tempestad descarga
sobre la frágil costa
de los Sueños de Cristal.
Sus poderosas olas
quiebran, en su embestida,
rocas, muelles y algún barco de sal.

La borrasca se desata
sin clemencia,
con rayos que lo iluminan todo
y truenos de gran estrépito.

Nada se salva.
Ni el mar,
ni el puerto seguro,
ni el refugio del amigo.

A la ferocidad del torbellino
sigue la calma del cielo.
A la ira, la paz en el camino.
A la ceguera, un horizonte claro,
limpio, abierto y lejano.

Eres mi paz,
mi refugio,
y también mi tempestad.
Eres mi rayo de sol.
Mi libertad.

Un día aprenderé a amar.
Quizás hoy no.
Cuando pase la tempestad.
Cuando vuelvan a romper,
en la Costa de los Sueños de Cristal
olas de ensueño, de calma en la mar.

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Esta fotografía del amanecer sobre el mar en Vilanova i la Geltrú, está hecha desde el barco de pesca del amigo José Luis Francisco, por él mismo.

 

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Soltar

A veces navegamos por mares de locura y otras el mar nos trae la calma que necesitamos. Sé que si dejo de intentar controlar mi vida y me dejo llevar, confiando, aceptando, fijándome en lo que soy y no en lo que ya no soy, mi vida cobra un nuevo y más claro sentido. Voy a dejarme llevar por las olas hoy, en un mar que me invita a ser feliz con lo que tengo y con lo que soy.

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