
Recordé mi nombre una mañana de abril. La verdad es que no me arrepentí de haberlo olvidado. Había pasado tanto tiempo desde aquella luna gris.
Ahora ya no me duele recordarlo. Ya no me parezco a aquel adulto que fui. Ya no le echo de menos. Ya, ni siquiera, recuerdo su voz ni su olor ni si era feliz. No importa ya todo aquello. Solo importa lo que aprendí.
Escribí ese nombre en varias lenguas. La del ayer, la del hoy y la de ese niño que siempre vivió dentro de mi. Y al final le encontré. Ese que, ahora, después de años, sale a jugar y salta al jardín de la vida, sin pensar demasiado. Ese al que no le importan demasiado los riesgos porque no tiene nada que perder, porque nada tiene y porque, en realidad, se ha dado cuenta que tiene todo por ganar.
Ese que no hace caso al miedo ya ni al paso del tiempo ni a las diferencias, que enriquecen, no separan. Ese que no sabe de fines ni principios y que transparenta lo que realmente siempre ha estado en su corazón: pasión, curiosidad, emoción y más fuerza de la que imaginaba. Ese que se fue y volvió solo para vivir su sueño al despertar a la vida.
Escribí su nombre y lo encontré. Al final, encontré a ese niño que fui y que solo quiere ser feliz.
Hay cielos que incitan al vuelo. Si te paras un momento a disfrutar mirándolos casi seguro que podrás notar ese cosquilleo en la espalda que seguro que recuerdas. No es nada extraño, no te inquietes, son tus alas que se quieren desplegar para alzar el vuelo. Es la intensidad de esa alma que llevas dentro que se quiere despertar contigo cada mañana.

Fotografía cedida por José Luis Francisco. Amanecer sobre el mar en Vilanova y la Geltrú
Si te dejas llevar – déjate, por favor – notarás como se estira tu sonrisa, sin apenas darte cuenta. Verás como se abren tus alas para salir volando e intentar alcanzar esa nube que pasa.
Porque empiezas a tener motivos, o porque siempre los hay y no los habías visto, o porque a veces miramos hacia abajo y nos da vértigo mirar al abismo y nos tiembla todo por dentro al darnos cuenta hasta dónde hemos subido. Pero, no tengas miedo, no es vértigo. Es vida, abundante e intensa. Es vida que ha llenado espacios vacíos, que te cubre de emociones para que muestres esa sonrisa así, sincera, valiente, hermosa y abierta.
Y es así como sonríes a la mañana, a la vida, a las puertas abiertas, al aire renovado que refresca tu vida. Aunque sepas que no todo en ella es de color de rosa, porque has sentido en tu alma el negro de aquellos momentos de oscuridad o el gris de la decepción. Porque también has vivido el verde de la esperanza vestido de primavera, el azul del mar cuando caminabas a su lado o el rojo en la piel de aquellas noches infinitas e inolvidables.
Porque, al fin, te das cuenta que la vida es un arco iris que se despliega ante nuestros ojos cada mañana y solo está deseando que lo mires, que lo sientas.
Porque no es el tiempo el que nos cura. Somos nosotros.

Fotografía cedida por José Luis Francisco. Amanecer sobre el mar en Vilanova y la Geltrú
Ya no se esconde la luna de sus miedos y anhelos.
Ya sale a buscarle impaciente.
Ya llega del sur su sonrisa,
que todo lo cura,
que tanto ella siente.
Ay luna brillante de plata,
que otrora brillaras vestida
de un amor reluciente.
Ay luna, que te juzgan y te vigilan,
los mismos ojos
que dicen quererte.
No hay mas plata que la que brilla.
No hay más luna que la que tú sientes.
No hay amor donde antes había,
de oro macizo, una eterna fuente.

Déjame que hoy te agradezca uno a uno todos esos momentos que hemos vividos juntos. Los recuerdo todos. Brillan como la luz de aquella madrugada, cuando nos conocimos. ¿Recuerdas? No había casualidad alguna, solo causas y efectos. Momentos lejanos pero muy claros en mi firmamento.
Un día decidimos conocernos. No podía desperdiciar la oportunidad de acercarme de nuevo al mar. Ese paseo por la arena de la playa, me recordó otros maravillosos momentos, otros pasos, otros paseos, otras manos… con ella, ¿cómo no? Los echaba tanto de menos. Hacía tanto tiempo.
Hoy vengo a recordarte a ti, que con tu luz y ese torrente de cariño, me hiciste sentir vivo, me hiciste revivir y darme cuenta de que aún sigo aquí. Hiciste que me sintiera querido y, con tu sonrisa abierta y franca, recordé lo bello que es vivir.
Pies descalzos para sentir el agua tibia de la orilla, mojando la piel, acariciando el deseo. El corazón abierto para mirarnos lejos, directamente a los ojos, bien adentro. Me impresionaron tus ganas y tu forma de dejar de lado tus penas, para volar casi sin alas. Las desplegaste con una sonrisa, como salida de la nada, con ese brillo en los ojos que tan bien te sentaba. Y cómo volabas después, de nuevo, con las mismas ganas de una chiquilla, con la alegría de esa niña que se te transparentaba.
Tienes una luz en la mirada, sensual y decidida. ¿No es acaso tu sonrisa una invitación a esa danza que cura heridas y hace de la piel un mar de caricias, versos y bienvenidas?
Y conseguiste cambiar mi día.
Desde entonces, no quiero parecer serio porque, en realidad, mi corazón es alegre y desea sonreír despreocupado. No me hace falta justificarme, no merezco tanto acantilado. Solo me debo a mi, sin dejar que el mundo me aplaste con sus vanidades.
Merezco estas alegrías y no aquellos vacíos. Ya dije adiós a la tormenta, solté todo el lastre y di la bienvenida a la alegría, esa vieja amiga, que espera con infinita paciencia, a que me reúna de nuevo contigo.

Con los años, hasta se nos olvidó que nos buscábamos.
Siento como si hubiéramos planeado encontrarnos desde el nacimiento, como si descubrirnos hubiera sido nuestro primer deseo. Un deseo inexperto, torpe y desorientado. Andábamos dando palos de ciego, como niños, con la seguridad de que existíamos pero sin saber dónde buscarnos.
Y llegó el día en que la sombra que habíamos creído resplandor cambió con un cruce de miradas. Costó recordar. Habíamos olvidado que nos buscábamos, pero se hizo el día en tus ojos, estalló el mar en los míos. Se hizo la luz, con tu luz, con mi mar y, en una ola, nos reconocimos.
Llego un momento en que vestimos las ilusiones con menos accesorios, con menos aditivos. Miramos al frente, cada vez con mas coraje, con menos dudas, ignorando penas caducadas y desvaríos. Nos reímos con más ganas, más seguros, con el espíritu claro de que había que disfrutar de lo que la vida nos regalaba.
Conseguimos cambiar cada noche el reparto, el argumento, el desenlace, el estilo. Desde la comedia al drama, rodando la vida en un escenario cada día distinto. No había tema tabú, ni letras que sobraran en las palabras. Dimos de comer al alma con poesía, intercambiando emociones, filtrando sentimientos y el latido de nuestros corazones en cada rima, en cada verso, con cada acento. Y seguimos juntos más de un año, bañándonos de sol y de sal, de reflejos de luna y de seda en la piel. Durante el día y, también, en la pasión de la noche.
Y cuando anocheció en nosotros y la rima se hizo solo papel, quedamos una mañana, muy temprano, para abrazarnos como nunca, para sonreírnos desde el alma amiga, para besarnos, por última vez. La lluvia nos vino a ver para limpiar el momento, mojándonos con lágrimas dulces, para endulzar nuestra alma. Ella sabía que no nos volveríamos a ver.
Envolvimos con las manos el recuerdo de nuestra piel, en los ojos el mar que tanto nos quiso y que rebosaba por nosotros sal y miel, en el corazón la luna que nos acompañó siempre, y en el alma el amor que nos profesamos una vez. Solo quedó recordar aquella llama eterna que duro un invierno y casi dos veranos esta vez.
Te vi, alejarte triste, para no volvernos a ver.

Incondicionalmente
Admiro la valentía de quien sale a perseguir sus sueños.
Estoy con los que no dejan que sus miedos los echen fuera.
Con esos que han conseguido aclarar sus cosas
y no hacen caso a aquellos que temen el movimiento
o los que no ponen ningún esfuerzo.
Estoy con esos que han decidido aceptar el reto.
Luchar contra esa cultura de “no hacerlo”,
contra el temor de no estar a la altura del proyecto,
dejar de escuchar al miedo ladrón que nos roba los intentos.
Claudicar antes de siquiera plantearnos si queremos.
Estoy con la valentía de no dejar pasar los momentos.
Me enseñaron, con mucho amor, que hay que vivir sin lamento,
que hay que aprovechar las ocasiones
y disfrutar con lo que tengo.
Aprendí que solo me arrepiento de lo que no hice
no de lo que, al intentarlo, no salió como quise.
Aquí donde me lees,
yo soy el primero que debe aplicarse al cuento.
No permitirme la queja de “me habría gustado”,
“no llegué a atreverme a hacerlo”.
Sé que hay que perder algún tren para entenderlo.
Tropezar con piedras duras como puños de cemento
pero, créeme tú que me lees, solo hay un sentido
y es hacia delante, hacia tus sueños.

Somos del mismo material del que se tejen los sueños.
W.Shakespeare
Me busqué aquel pequeño rincón,
junto al mar,
para despedir al sol.
Yo sé que el mar lo abraza al atardecer
para escucharle contar todo lo que ha visto hoy.
Me senté a esperar que desapareciera su luz,
ahogándose en ese horizonte azul.
Quería ver los colores,
desde el dorado hasta el rojo
y sentir, luego, la oscuridad invadir el silencio
para notar dentro de mi esa ola negra
inundándolo todo
para llenarme de mi,
para olvidarme de todo.
Cerré los ojos
y sentí cómo se apartaba el tiempo.
Ante mi pasaron lunas,
mares,
brisas.
Las luces de los bares,
miradas
y, de paso,
todas las soledades.
Vuelo entre nubes.
La luz de la luna empieza a asomar.
No hay camino de vuelta.
No puedes ser la sombra de nadie
si no te quieres anular.
Por fin entendí,
que se aprende mas de la soledad
que de cualquier compañía.

Cuando yo era niño estaba siempre jugando y saltando.
Estiraba el brazo hasta casi perder la mano
con tal de tocar las hojas de los árboles,
allá en lo alto.
Soñaba que volaba,
imaginaba el viento
hinchando mis alas
para pasar volando sobre los árboles.
Rozaba, con mis plumas negras y blancas,
las copas de los pinos,
atravesaba las nubes al pasar,
haciendo piruetas sobre el mar,
rizos en el cielo.
Todo en un suspiro,
cortando el viento.
Notando la fresca brisa sobre mi rostro
al subir y bajar desde las nubes hasta el suelo.
Cuando yo era niño
no luchaba cual guerrero invencible.
Cuando yo era niño,
no me hacía falta perder o ganar.
Eso no existía para mi.
Eso vino luego.
Cuando yo era niño
no soñaba con ser libre
ni usaba mi imaginación para verlo.
Me bastaba con mirar al cielo para serlo.
Me enseño mi padre,
con él aprendí a volar
cuando me lanzaba hacia el cielo.
© José Luis Afán de Ribera

Debe estar conectado para enviar un comentario.