Feliz año nuevo

Feliz año nuevo. No me he vuelto loco, no.

¿Recuerdas ese olor a tierra mojada, los cestos de setas y las castañas? ¿Recuerdas esos días grises de octubre o noviembre, que invitan a pasear y no quedarse en casa?

Ya sé que para muchos es una época del año tristona y que invita a la introspección pero, para mi, desde que recuerdo, la llegada del otoño ha sido siempre un buen momento. Empieza mi estación. En ella nací, hace ya unos cuantos años, y siempre la recuerdo como la explosión de esos otros colores, como una especie de segunda primavera.

Es como el inicio de ese “otro año nuevo”. Como si el año escolar, aun empezara cada año en mi.

Me propongo disfrutar de los ocres, los amarillos, el contraste de los granates o ese verde intenso que adopta el bosque mojado por la lluvia. Me propongo empaparme de lluvia, como ella me enseñó, y bailar en ella. Disfrutar del momento.

Este año además, voy a aprovechar para agradecer lo que tengo, para darme el descanso de dejar que las cosas pasen, para fluir al ritmo de este entorno que me envuelve como en un abrazo. Para ser consciente de quién soy y, sobre todo, quien ya no soy. Agradezco lo sentido, lo vivido y lo aprendido de todo ello.

Cada vez soy mas consciente de que debo equilibrar de nuevo lo que tomo y lo que suelto.

He de ser consciente para no empujar para que ocurra aquello que solo pasa cuando dejas de pensar en ello. A olvidar lo que ya tuvo su momento. A rellenar con amor cada rincón, cada acción, cada deseo. A vivir este momento. Porque no me puedo olvidar que estoy aquí para eso. 2016-09-22 12.15.05.jpg

Ayer empezó el otoño y yo voy a aprovechar el tiempo parta renovarme, quitarme hojas, ramas y trozos inservibles. He podado emociones, apegos y sentimientos tóxicos. He dejado el jardín limpio y dispuesto al cambio, a lo que esta estación me trae.

Por eso os deseo a todos un Feliz año nuevo.Fotos de Paisajes en Otoño 56.jpg

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Adiós verano, adiós

Mirando las estrellas desde mi ventana, me preguntaba aquella noche, cuándo saldría la luna.

Respiraba el aire fresco de esa noche de verano y no podía imaginármela sin este olor a naturaleza, caliente e intenso, que parece reservado a olfatos atentos y dispuestos a percibir pequeñas señales.

Estaba escribiendo aquel relato y me desesperaba, intentando acabar una línea más, un nudo más, un final más. Las palabras se me agolpan sin sentido tras la puerta de la escritura, bloqueando mis dedos a la salida de mi musa frágil de aquella noche.

No me daba respiro. Cada segundo era una lucha constante. Estaba ahí omnipresente, todo el día, cada segundo, en cualquier sitio, insistente, a cada instante.

Me asomé a la ventana para relajarme contemplando el mar y, al rato, recordé el sonido de aquella guitarra que escuché al pasear días atrás por los jardines del Palacio Real de Madrid. Se abría paso entre la indiferencia de una multitud que invadía todos los rincones, en todos los idiomas, con todos los colores de piel posibles. No me paré a pensarlo mucho, solo sentí que me tenía que acercar y sentarme a escucharla para alimentar mi alma hambrienta de notas, rasgueados, frases musicales, trémolos y versos del alma del intérprete que, aparentemente, parecía un náufrago entre tanta gente indiferente a su alrededor.

Y pensé que no recordaba cuándo fue que me olvidé de disfrutar de estos pequeños placeres, o de apreciar todas las pinceladas de colores que nos da la vida en todos los rincones, o de quedarme absorto escuchando el murmullo de las olas o de una guitarra o disfrutando de una sonrisa tibia al atardecer. No sé cómo fue que olvidé que la vida está llena de esos momentos y que esos momentos están siempre llenos de pequeños detalles que nos dan la vida a nosotros, que nos alimentan de emociones.

Aquel día, me prometí no volverlo a olvidar. Me prometí no volverme a olvidar de mi.

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Peldaños

A veces uno no sabe si las escaleras nos invitan a subir o a bajar. Si el camino que hemos elegido es el correcto o valdría más la pena rectificar.

Ante dudas así, la respuesta es sencilla: el que te convenga a ti. Qué opción te hace feliz. Piensa en ti, en nadie más, y elije.

Sé honesto y sincero contigo mismo y con los que te rodean. Asume las consecuencias de tu decisión y procura no herir a nadie. No mientas. Pero, sobre todo, no te mientas. No engañes. No te engañes. Sube o baja la escalera. Recorre tu camino. Extiende las alas y vuela. Fluye con la vida y entrégate. Porque solo hay una forma de hacerlo: con el corazón, y éste no admite engaños.

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Publicado el por José Luis Afán de Ribera | Deja un comentario

Remedio para el olvido

Recordé mi nombre una mañana de abril. La verdad es que no me arrepentí de haberlo olvidado. Había pasado tanto tiempo desde aquella luna gris.

Ahora ya no me duele recordarlo. Ya no me parezco a aquel adulto que fui. Ya no le echo de menos. Ya, ni siquiera, recuerdo su voz ni su olor ni si era feliz. No importa ya todo aquello. Solo importa lo que aprendí.

Escribí ese nombre en varias lenguas. La del ayer, la del hoy y la de ese niño que siempre vivió dentro de mi. Y al final le encontré. Ese que, ahora, después de años, sale a jugar y salta al jardín de la vida, sin pensar demasiado. Ese al que no le importan demasiado los riesgos porque no tiene nada que perder, porque nada tiene y porque, en realidad, se ha dado cuenta que tiene todo por ganar.

Ese que no hace caso al miedo ya ni al paso del tiempo ni a las diferencias, que enriquecen, no separan. Ese que no sabe de fines ni principios y que transparenta lo que realmente siempre ha estado en su corazón: pasión, curiosidad, emoción y más fuerza de la que imaginaba. Ese que se fue y volvió solo para vivir su sueño al despertar a la vida.

Escribí su nombre y lo encontré. Al final, encontré a ese niño que fui y que solo quiere ser feliz.2016-04-11 00.06.53.jpg

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Vuela con tu sonrisa

Hay cielos que incitan al vuelo. Si te paras un momento a disfrutar mirándolos casi seguro que podrás notar ese cosquilleo en la espalda que seguro que recuerdas. No es nada extraño, no te inquietes, son tus alas que se quieren desplegar para alzar el vuelo. Es la intensidad de esa alma que llevas dentro que se quiere despertar contigo cada mañana.

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Fotografía cedida por José Luis Francisco. Amanecer sobre el mar en Vilanova y la Geltrú

Si te dejas llevar – déjate, por favor – notarás como se estira tu sonrisa, sin apenas darte cuenta. Verás como se abren tus alas para salir volando e intentar alcanzar esa nube que pasa.

Porque empiezas a tener motivos, o porque siempre los hay y no los habías visto, o porque a veces miramos hacia abajo y nos da vértigo mirar al abismo y nos tiembla todo por dentro al darnos cuenta hasta dónde hemos subido. Pero, no tengas miedo, no es vértigo. Es vida, abundante e intensa. Es vida que ha llenado espacios vacíos, que te cubre de emociones para que muestres esa sonrisa así, sincera, valiente, hermosa y abierta.

Y es así como sonríes a la mañana, a la vida, a las puertas abiertas, al aire renovado que refresca tu vida. Aunque sepas que no todo en ella es de color de rosa, porque has sentido en tu alma el negro de aquellos momentos de oscuridad o el gris de la decepción. Porque también has vivido el verde de la esperanza vestido de primavera, el azul del mar cuando caminabas a su lado o el rojo en la piel de aquellas noches infinitas e inolvidables.

Porque, al fin, te das cuenta que la vida es un arco iris que se despliega ante nuestros ojos cada mañana y solo está deseando que lo mires, que lo sientas.

Porque no es el tiempo el que nos cura. Somos nosotros.

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Fotografía cedida por José Luis Francisco. Amanecer sobre el mar en Vilanova y la Geltrú

 

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Plata

Ya no se esconde la luna de sus miedos y anhelos.
Ya sale a buscarle impaciente.
Ya llega del sur su sonrisa,
que todo lo cura,
que tanto ella siente.
Ay luna brillante de plata,
que otrora brillaras vestida
de un amor reluciente.
Ay luna, que te juzgan y te vigilan,
los mismos ojos
que dicen quererte.
No hay mas plata que la que brilla.
No hay más luna que la que tú sientes.
No hay amor donde antes había,
de oro macizo, una eterna fuente.

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Huellas

Déjame que hoy te agradezca uno a uno todos esos momentos que hemos vividos juntos. Los recuerdo todos. Brillan como la luz de aquella madrugada, cuando nos conocimos. ¿Recuerdas? No había casualidad alguna, solo causas y efectos. Momentos lejanos pero muy claros en mi firmamento.

Un día decidimos conocernos. No podía desperdiciar la oportunidad de acercarme de nuevo al mar. Ese paseo por la arena de la playa, me recordó otros maravillosos momentos, otros pasos, otros paseos, otras manos… con ella, ¿cómo no? Los echaba tanto de menos. Hacía tanto tiempo.

Hoy vengo a recordarte a ti, que con tu luz y ese torrente de cariño, me hiciste sentir vivo, me hiciste revivir y darme cuenta de que aún sigo aquí. Hiciste que me sintiera querido y, con tu sonrisa abierta y franca, recordé lo bello que es vivir.

Pies descalzos para sentir el agua tibia de la orilla, mojando la piel, acariciando el deseo. El corazón abierto para mirarnos lejos, directamente a los ojos, bien adentro. Me impresionaron tus ganas y tu forma de dejar de lado tus penas, para volar casi sin alas. Las desplegaste con una sonrisa, como salida de la nada, con ese brillo en los ojos que tan bien te sentaba. Y cómo volabas después, de nuevo, con las mismas ganas de una chiquilla, con la alegría de esa niña que se te transparentaba.

Tienes una luz en la mirada, sensual y decidida. ¿No es acaso tu sonrisa una invitación a esa danza que cura heridas y hace de la piel un mar de caricias, versos y bienvenidas?

Y conseguiste cambiar mi día.

Desde entonces, no quiero parecer serio porque, en realidad, mi corazón es alegre y desea sonreír despreocupado. No me hace falta justificarme, no merezco tanto acantilado. Solo me debo a mi, sin dejar que el mundo me aplaste con sus vanidades.

Merezco estas alegrías y no aquellos vacíos. Ya dije adiós a la tormenta, solté todo el lastre y di la bienvenida a la alegría, esa vieja amiga, que espera con infinita paciencia, a que me reúna de nuevo contigo.

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Un invierno y casi dos veranos

Con los años, hasta se nos olvidó que nos buscábamos.

Siento como si hubiéramos planeado encontrarnos desde el nacimiento, como si descubrirnos hubiera sido nuestro primer deseo. Un deseo inexperto, torpe y desorientado. Andábamos dando palos de ciego, como niños, con la seguridad de que existíamos pero sin saber dónde buscarnos.

Y llegó el día en que la sombra que habíamos creído resplandor cambió con un cruce de miradas. Costó recordar. Habíamos olvidado que nos buscábamos, pero se hizo el día en tus ojos, estalló el mar en los míos. Se hizo la luz, con tu luz, con mi mar y, en una ola, nos reconocimos.

Llego un momento en que vestimos las ilusiones con menos accesorios, con menos aditivos. Miramos al frente, cada vez con mas coraje, con menos dudas, ignorando penas caducadas y desvaríos. Nos reímos con más ganas, más seguros, con el espíritu claro de que había que disfrutar de lo que la vida nos regalaba.

Conseguimos cambiar cada noche el reparto, el argumento, el desenlace, el estilo. Desde la comedia al drama, rodando la vida en un escenario cada día distinto. No había tema tabú, ni letras que sobraran en las palabras. Dimos de comer al alma con poesía, intercambiando emociones, filtrando sentimientos y el latido de nuestros corazones en cada rima, en cada verso, con cada acento. Y seguimos juntos más de un año, bañándonos de sol y de sal, de reflejos de luna y de seda en la piel. Durante el día y, también, en la pasión de la noche.

Y cuando anocheció en nosotros y la rima se hizo solo papel, quedamos una mañana, muy temprano, para abrazarnos como nunca, para sonreírnos desde el alma amiga, para besarnos, por última vez. La lluvia nos vino a ver para limpiar el momento, mojándonos con lágrimas dulces, para endulzar nuestra alma. Ella sabía que no nos volveríamos a ver.

Envolvimos con las manos el recuerdo de nuestra piel, en los ojos el mar que tanto nos quiso y que rebosaba por nosotros sal y miel, en el corazón la luna que nos acompañó siempre, y en el alma el amor que nos profesamos una vez. Solo quedó recordar aquella llama eterna que duro un invierno y casi dos veranos esta vez.

Te vi, alejarte triste, para no volvernos a ver.

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Incondicionalmente

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Mereces lo que sueñas.

Admiro la valentía de quien sale a perseguir sus sueños.
Estoy con los que no dejan que sus miedos los echen fuera.
Con esos que han conseguido aclarar sus cosas
y no hacen caso a aquellos que temen el movimiento
o los que no ponen ningún esfuerzo.

Estoy con esos que han decidido aceptar el reto.

Luchar contra esa cultura de “no hacerlo”,
contra el temor de no estar a la altura del proyecto,
dejar de escuchar al miedo ladrón que nos roba los intentos.

Claudicar antes de siquiera plantearnos si queremos.
Estoy con la valentía de no dejar pasar los momentos.
Me enseñaron, con mucho amor, que hay que vivir sin lamento,
que hay que aprovechar las ocasiones
y disfrutar con lo que tengo.

Aprendí que solo me arrepiento de lo que no hice
no de lo que, al intentarlo, no salió como quise.

Aquí donde me lees,
yo soy el primero que debe aplicarse al cuento.
No permitirme la queja de “me habría gustado”,
“no llegué a atreverme a hacerlo”.

Sé que hay que perder algún tren para entenderlo.
Tropezar con piedras duras como puños de cemento
pero, créeme tú que me lees, solo hay un sentido
y es hacia delante, hacia tus sueños.

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Somos del mismo material del que se tejen los sueños.
W.Shakespeare

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