Mi rincón junto al mar

Me busqué aquel pequeño rincón,
junto al mar,
para despedir al sol.
Yo sé que el mar lo abraza al atardecer
para escucharle contar todo lo que ha visto hoy.

Me senté a esperar que desapareciera su luz,
ahogándose en ese horizonte azul.
Quería ver los colores,
desde el dorado hasta el rojo
y sentir, luego, la oscuridad invadir el silencio
para notar dentro de mi esa ola negra
inundándolo todo
para llenarme de mi,
para olvidarme de todo.

Cerré los ojos
y sentí cómo se apartaba el tiempo.

Ante mi pasaron lunas,
mares,
brisas.
Las luces de los bares,
miradas
y, de paso,
todas las soledades.

Vuelo entre nubes.
La luz de la luna empieza a asomar.
No hay camino de vuelta.
No puedes ser la sombra de nadie
si no te quieres anular.

Por fin entendí,
que se aprende mas de la soledad
que de cualquier compañía.

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Así aprendí a volar

Cuando yo era niño estaba siempre jugando y saltando.
Estiraba el brazo hasta casi perder la mano
con tal de tocar las hojas de los árboles,
allá en lo alto.

Soñaba que volaba,
imaginaba el viento
hinchando mis alas
para pasar volando sobre los árboles.
Rozaba, con mis plumas negras y blancas,
las copas de los pinos,
atravesaba las nubes al pasar,
haciendo piruetas sobre el mar,
rizos en el cielo.
Todo en un suspiro,
cortando el viento.
Notando la fresca brisa sobre mi rostro
al subir y bajar desde las nubes hasta el suelo.

Cuando yo era niño
no luchaba cual guerrero invencible.
Cuando yo era niño,
no me hacía falta perder o ganar.
Eso no existía para mi.
Eso vino luego.

Cuando yo era niño
no soñaba con ser libre
ni usaba mi imaginación para verlo.
Me bastaba con mirar al cielo para serlo.

Me enseño mi padre,
con él aprendí a volar
cuando me lanzaba hacia el cielo.

© José Luis Afán de Ribera

Father and Son

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