Luz en la buhardilla

Remuevo cajas y objetos,
me deshago de todo lo rancio.
Ordeno y desecho,
debe quedar solo lo que quiero.

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Ha de quedar como nuevo.
Cómo deseo esa sensación
de arrancar de nuevo.
Limpio,
sin ni un solo trasto viejo.

Lleno de rasguños,
de inseguridades.
No importa.

Marcado por lo pasado
y por lo no vivido.
No pasa nada.

Encendido por lo presente,
animado por la ilusión,
de vivir mirando al frente.

En realidad, solo quiero
un hatillo ligero.
No cargar con piedras,
con lo que no aporta,
con lo que solo sirve
para caminar lento.
Lo que importa no pesa
y lo llevo siempre dentro.

Aprendo cada día a vivir,
a fiarme de lo que siento.
La intuición se explica mejor
que mil lamentos.
Me habla de ti y de mi,
del destello de vivir
en el limite del viento,
saltando las olas,
recorriendo caminos,
soñando cielos.

Solo me llama
lo complicadamente sencillo,
lo sencillamente auténtico.
El corazón en las palabras,
el alma en los sentimientos.
Unas manos unidas por la magia
del lazo que une almas
y corazones hambrientos.

El amor,
que da vida a los días.
Ese que siempre hemos llevado dentro
y que da sentido
a cualquier momento.

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La carta

Aquella carta tenía fecha de hoy. Si, hace ya algún tiempo, pero quedo ahí como escondida en el olvido. Anclada, abandonada sin explicación. Como cuando estalla el trueno sin que nos demos cuenta del rayo que segundos antes descargó.

Aquella carta tenía fecha de hoy, estaba ya dentro del sobre y tenía un destinatario. Habría preferido no ponerla en camino, no detener ahí el reloj. Y, aunque al final la envió, el destinatario desapareció.

Ahora esa carta estaba ya vacía. Aquellas palabras no tenían ya sentido. Ya todo pasó. Ahora ya ni las letras ni una sola línea tenían ningún valor. Cuanto más tiempo pasaba menos sentido tenía aquel «hoy» que ella guardaba en una cajita de metal vestida de óxido.

La carta estaba llena de un adiós que nunca llego a decir. Aquella carta tenía fecha de hoy pero, en realidad, estaba escrita con tinta de ayer, antes de que el sinsentido se hiciera un lugar en un hoy vacío que ocupaba todo su corazón.

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Date permiso

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Lluvia, mar y piel

Si queréis, podéis escuchar en el video un poema que escribí hace pocos días, directamente desde una foto. Últimamente, me ha tocado verme unas cuantas veces en el espejo. He tenido que sacar la lupa para buscarme los rincones y agachar las orejas para ser honesto conmigo mismo y no engañarme en nada. Esta ha sido la conclusión y, desde luego, la mejor opción: dejarme llevar, sentir, llenar depósitos de todo lo bueno que he vivido, agradecerlo sin condiciones y no juzgar a nada ni a nadie. El resultado ha sido un puñado de sueños que estoy cumpliendo. Me resulta aun muy complicado explicar lo satisfecho que me siento por ello.

Finalmente, todo esto se ve reflejado en las teclas y notar como, a través de los dedos, palpitan, uno tras otro, versos y sueños que toman forma y color de otoño.

Gracias a quienes me leéis y escucháis. Por favor dejad vuestro comentario si queréis.

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Poder decir adiós es crecer

«Poder decir adiós es crecer»
Gustavo Cerati

Esta frase ha inspirado este poema. Aunque, de hecho, lo inspira cada día mi intento de ser mejor persona. Aprendo cada día de mis errores, de mi soberbia, de mi inmadurez, de mi falta de voluntad, de mis éxitos, de mi alegría, de mi buen humor, de la sonrisa que me aparece cada mañana al levantarme, de aquello que ocurre cada día en mi vida. Doy gracias por lo que viví y por lo que vivo. Siento el roce del tiempo, la caricia del momento y la esencia de mi vida transitar a destiempo. Me quedó el regalo del amor, mal envuelto, envejecido pero que salió del corazón. Os dejo un poema hecho desde ahí, palpitando letras y pasión.

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Como el aire al respirar,
así deberíamos soltar.
Diciendo adiós. Sin sufrir.
Vaciando,
para, luego,
volver a llenar.
Así es de natural.

Como el péndulo
que viene y va,
así deberíamos soltar.
Porque todo se va
y, siempre, ese todo
vuelve a su lugar.

Nunca será igual.
Siempre diferente.
Pero siempre
se vuelve a colocar.
Y recordarás
que el principio era un manantial,
y al final,
aunque duela, debería ser igual.

Debo recordar,
que aquellas flores de primavera,
se caen al ver al otoño llegar.
Que así mudamos también nosotros.
Que aprovechamos el invierno
para ajustarnos la forma,
volver renovados
y llenos de la esencia,
que somos en realidad.

Siendo, somos.
Respirando, oscilando.
Yendo, viniendo.
Soltando,
volviendo a empezar.
Siendo siempre,
lo que siempre somos.

 

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LA PARÁBOLA DE LA SAL

«El viejo maestro pidió a su joven discípulo que estaba muy triste, que se llenase la mano de sal, colocase la sal en un vaso de agua y bebiese. ¿Cómo sabe? le preguntó el maestro, fuerte y desagradable respondió el joven aprendiz.
El maestro sonrió y le pidió que se llenase la mano de sal nuevamente. Después, lo condujo silenciosamente hasta un lindo lago, donde pidió al joven que derramase la sal.
El viejo Sabio le ordenó entonces: bebe un poco de esta agua.

Mientras el agua se escurría por la barbilla del joven, el maestro le preguntó: ¿Cómo sabe? Agradable, contestó el joven. ¿Sientes el sabor a sal? le preguntó el maestro.

No: Le respondió el joven.

El maestro y el discípulo se sentaron y contemplaron el bonito paisaje.

Después de algunos minutos, el Sabio le dijo al joven:

El dolor existe…. Pero el dolor depende de donde lo colocamos!

Cuando sientas dolor en tu alma, debes aumentar el sentido de todo lo que está a tu alrededor.

De la magnífica página de Facebook insights. 

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Aprender

Un buen caminante no deja huellas

Un buen orador no ofende a nadie

Un buen contador no necesita instrumentos de cálculo

Un buen guardián no utiliza cerrojos ni barrotes
Sin embargo es imposible abrir lo que él cerró

El que sabe atar no emplea ni cuerdas ni nudos
Sin embargo es imposible desatar lo que él unió

Por esto el Sabio siempre encuentra oportuno ayudar a los hombres
Y no halla motivo para rechazar a persona alguna
Esto es brillar esplendorosamente

Luego el hombre bueno es el maestro del hombre malo
Y el malo es la lección del bueno

Y quien no aprecie a su maestro
Ni ame la lección
Aunque instruido, parecerá un necio

En esto radica el secreto de lo Esencial

Tao Te King capítulo 27

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Un recuerdo para mis padres.

Escribí este poema hace ya un tiempo, un día de invierno en que recordé a mis padres. Vi una foto suya y me emocionó recordarles tan alegres. Tal como eran los dos. Hoy esas sonrisas me acompañan en mis mejores y en mis peores momentos. No les llevo flores, no les voy a ver. Les recuerdo cada día, no solamente hoy, tal como eran, tal como siempre fueron y tal como son a día de hoy, en mi corazón.

Por cada pliegue,
para cada arruga,
por cada mancha en vuestra piel,
pondría mil besos.

En cada uno de vuestros huesos
deformados por el peso del tiempo,
en vuestros rostros cansados,
en cada músculo arrugado.
En todos ellos,
pondría, uno a uno, mil abrazos.

Creía que no recordaría
vuestro rostro nunca más,
pero me acompaña vuestra sonrisa;
el palpitar de la vida
que había en ellas;
vuestra generosidad.
Todo ello, de repente, tuvo forma
y se presentaron frente a mi el otro día,
al escuchar esa canción.

Y yo,
que cuando os fuisteis
no derramé ni una lágrima,
me veo ahora inundado
a la mínima ocasión.
Porque seguís aquí,
Mientras os sienta,
mientras os recuerde,
mientras os lleve en el corazón.

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Camino

Algunas veces soltaría la cuerda. Otras encuentro absurdo el vértigo. Qué más dará dejarse ir, soltarlo todo. Caer. Como leí hace poco: “No hay peligro suficiente para tanto miedo que tenemos.”

Pero no me suelto, no me caigo, sigo sintiendo vértigo, o sigo dejando que el instinto actúe o, simplemente, sigo queriendo no caerme.

Al fin, la única derrota es rendirse. Todo lo demás es camino, aprendizaje, crear espacio para comprender aquello que no fui capaz de interiorizar, de sentir o de hacer o de soñar.

No me rindo, solo reposo el miedo, lo arrincono, lo muerdo.

Hoy salí a pasear sólo, a comerme el mundo en dos bocados y volví hambriento.

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Para Laura – Para Ita

Se cruzaron dos estelas en el celeste de este cielo de otoño. La tuya y la mía. Se reencontraron dos caminos. Te noté cambiada, distinta.

Tú, en un rincón del infinito vacío. Desterrada injusta e inexplicablemente al olvido, lejos, demasiado lejos. Condenada a la soledad, al eco de tu propia voz que se escuchaba ahora como un hilo débil y lejano. Luchando sola. Dejando atrás ilusiones, versos, amigos y la más hermosa inspiración de un generoso corazón que, tiempo atrás, hilvanaba y compartía con todos, día a día, versos, rimas, prosas y letras con hebras de su alma, llena de luz.

Leí hace algunos años, un escrito de la periodista Oriana Falaci que me conmocionó. Era una nota en unos de sus libros (perdonad pero no recuerdo cuál), que escribió sobre un gorrión malherido que murió entre sus manos al chocar contra uno de los ventanales de su casa. Su cuerpecito descansaba inerte entre sus manos. Él estaba perfectamente preparado para vivir libre pero acabó muriendo en aquella trampa de cristal.

A veces pienso que estamos perfectamente preparados para sentir, para amar, para ser felices en este mundo al que venimos a parar. Pero a nuestro alrededor hay más de una trampa invisible de cristal, en la que caemos, como el gorrión contra aquel ventanal.

 Mi querida amiga Ita, de la que hoy os comparto este poema, podría ser, perfectamente, ese gorrión. Pero, pensándolo bien, también podrías ser tú o yo.

~No podía respirar,
me hundía,
me ahogaba.
Mi efímera existencia acababa
y el amor que creí sentir tan solo se disolvía en mis esperanzas vagas,
mis esperanzas huérfanas,
mis esperanzas abandonadas.
El dolor me desgarraba por dentro,
movía mis brazos con desesperación, nadie me oía,
mis gritos se perdían en la profundidad del vasto mar.
Nadie me veía.
Nadie me oía.
No había nadie.
Mi cuerpo cansado de mantenerse a flote
comenzó a tocar violines en luto.
Y mi azul se convirtió en gris.
Dando paso a mi infinita agonía.
Nadie me veía.
Nadie me oía.
No había nadie.
Sólo yo. Sólo yo.
En completa oscuridad, vi Su luz era algo
indescriptible.
Me sonreía, me envolvía Su amor, me rescataba.
Yo una simple mujer, en Su presencia sentí que todas mis partes rotas se juntaban otra vez, otra vez.
Lloré en Sus brazos como una niña que ha sido encontrada, después de mucho tiempo…Él me abrazo más fuerte y me dijo…»Nunca te he dejado»

~Ita, siempre Ita.

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