Sal

Diluir la sal en suficiente agua,
hasta que sepa dulce.
Mezclar la tristeza
con abundante alegría,
hasta que sonrías.
Removerlo todo bien.
Dejar reposar
un tiempo prudencial.
El que te haga falta.
Salpimentar al gusto.
Vivir. Vivir. ¡¡¡Vivir!!!

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Lo que me queda de ti

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Preguntas sin respuesta.

¿Qué tienes que alteras mis caminos y los haces sinuosos, como la madera de olivo?

¿Qué tiene tu recuerdo que me nubla los días de sol, aunque me da luz en la oscuridad de los días grises?

¿Qué hay en las gotas de esa lluvia fina que, cuando moja mi piel, hace que aparezca la magia de tu sonrisa, o tu mirada de miel, que te imagine corriendo, mientras nos cobijamos en un portal, huyendo del chaparrón, riendo como niños, jugando?

¿Qué tiene el mar que me regala músicas, suspiros, la compañía del silencio amigo, la calma de los días buenos, consejos, respuestas, susurros de paz y siempre el espejo crudo de mi mismo?

¿Cómo brota de mi el amor que vive dentro? ¿Cómo brota el que ya está aquí, ese cálido invierno?

¿Qué tienen el gris y la luz, el verde y el rojo, el frío y el brillo de una vela, que me recuerdan a la Navidad?

¿Qué tienes, que me recuerdas a mi, que me alumbras, que me atraes hacia ti, que me llevas hacia adentro?

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Y si la luna …

Baix Penedès costa. Cuarto creciente 3.11.2016
 
Esa es la luna que hace un momento se ha puesto sobre el mar. Junto a su imagen, parte de mi conversación con ella. Me ha susurrado las respuestas al oído. He sonreído. Me ha sonreído. Guardo su cálida voz, como un suspiro.

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Acaríciame el alma

Estiras de mis sentimientos,
como hacen los niños de la falda de su madre,
sin trucos ni engaños ni amagos,
con esa sonrisa que veo en tus ojos,
brillante y frágil.

Me preguntas cómo estoy
y me haces hablar.
Y te lo cuento todo,
sin dejarme un detalle.
Siempre te confío mi alma.

Hoy me pides que te sostenga
mientras pasa la tormenta.
La tempestad
que se ceba en ti
y hace desaparecer
tu calma.
Y yo soy feliz,
Porque puedo acariciar tu corazón.

Luego,
te arranco una sonrisa,
una luz,
una pequeña melodía,
y sé que has recuperado
tu paz,
el aire que respiras.
Y ya estás dispuesta de nuevo
para darlo todo,
para regalar caricias al alma.

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¡Mira papi!

¡Mira papi!” era una frase repetida constantemente. Ella quería enseñarme lo que hacía y reclamaba mi atención constantemente.

Mientras observaba lo que ocurría a su alrededor sin perder detalle, se pasaba el día usando las manos haciendo cosas como enroscar y desenroscar hábilmente el tapón de una botella de plástico, con aquellos deditos tan pequeños. Practicaba constantemente. Dibujaba y daba color  a todos esos detalles que ella veía. Montaba  y desmontaba cosas, jugaba siempre, siempre habilidosamente con las manos  y siempre decía “¡Mira papi!”.

Era tan pequeña.

Recuerdo cuando salió en mis brazos de la sala de partos al nacer. Nunca mis manos habían albergado tan hermoso y delicado contenido. Nunca mi corazón había estado tan cerca del cielo. Nunca había sentido tanto amor y tan del bueno.

Aquel día de otoño estábamos en esa playa nosotros solos, su madre, ella y yo. No había nadie más. Y parecía que el mundo hubiera desaparecido a nuestro alrededor.

Las dimensiones de la playa eran gigantescas para una niña de apenas 3 años y, en ese entorno seguro, se puso a caminar hacia el horizonte, alejándose de nosotros, en busca de su propio destino.

Con la cámara a punto, como casi siempre que salíamos con los niños, logré esta imagen que se situó, poco después, en una de esas fotografías que colocamos con un marco en el salón, cerca, para verlas, para que nos recuerde lo más bello de nuestras vidas.

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Hace poco me llamaba y, mientras yo escuchaba por dentro ese “¡Mira papi!”, me mostraba unas fotos de los muebles que ella y su pareja están colocando en su piso. El mar acudió a mis ojos para recordarme lo rápido que pasa el tiempo, para que viviera de nuevo lo mas bello de mi vida y para limpiarlo todo a su paso, para limpiarme por dentro y disfrutar de mi regalo.

Ahora soy yo el que le digo, “¡Mira hija!” y le muestro, como un niño, lo que hago y la ilusión que me da hacerlo.

Los hijos nos hacen mejores, nos arreglan los desperfectos, dan sentido a lo que no lo tenía y a todo aquello que ni imaginábamos.

Llevo a mis hijos, estén conmigo o no, tatuados en el corazón con la más alegre y dulce de las tintas. Son mi mejor tesoro.

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Clara. Cunit playa. 1997.

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Abrir los ojos

Mirar no es simplemente abrir los ojos.
Escuchar no es solo oír el ruido de las palabras.
Sentir no es solo que lata el corazón más rápido.
Eso lo hace la taquicardia.
Amar la vida es una decisión consciente, decidir que queremos ver lo que tenemos y no lo que nos falta, que con coraje decidimos sonreír, agradecer, aprovechar nuestro tiempo, vivir, amar. Sin quejas, sin rencores, olvidando el dolor, perdonando y siguiendo nuestro camino. Mirando hacia adelante.

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Amar el mar

Me acomodo en mi asiento, mirando al frente, junto a la ventanilla que pasea junto al mar, como cada día. Me preparo para el espectáculo que me ofrece el recorrido.
Arranca el tren y ante mí, un buen rato de maravillas por disfrutar.

Y miro hacia los asientos de delante del vagón por ver cómo vamos hoy de llenos y… ahí estás tú. Solo dos filas por delante. Tu perfil mirando hacia fuera. Tu mirada serena clavada en el mar. Y siento el reflejo de las olas en tus ojos azules, el viento en tu pelo y la distancia en el parpadeo, como si el agua llegara a salpicarte. No puedo dejar de mirarte. Y tú ni te das cuenta, ni sospechas que es amor lo que emites, ni sabes tampoco que ese amor me invade y me empapa. Hay una extraña nostalgia en ti, en cómo miras hacia el mar, como buscando respuesta a algo. Hay misterio en esos pensamientos que se te llevan lejos.

El amor lo ocupaba todo. El tuyo, transparente en tu mirada. El mío, recibiéndolo todo. El de los dos, amando el mar y a quien lo ama. Uno de estos días te volveré a encontrar. Lo sé.

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Magia

“Mágico” es, simplemente, otra palabra para definir el alma.
Carl Jung

¿Cómo escapar del laberinto que llevas dentro?

¿Cómo encontrar de nuevo tu camino cuando lo perdiste todo, creyendo que era el sendero correcto?

¿Cómo retomar desde el pasado, si se interrumpió de repente, si se terminó sin tiempo, destrozando tu más bello sueño, si ya todo quedó mudo y muerto, porque alguien tenía que dar sentido a sus emociones, a otros sentimientos?

¿Cuándo volverá a tener sentido este presente que sigue su curso impasible, ignorando el ayer, comiéndose minuto a minuto el recuerdo que baila al borde del acantilado, entre el ayer y el mañana, en este presente?

Yo no tengo respuestas a estas preguntas. Las he sentido martilleando en mi cabeza, varias veces en mi vida, hace mucho tiempo, y lo único que pude hacer entonces, fue aplicar lo que hace años me dijo una amiga, desesperada al verme padecer. Me dijo: “¡Haz magia José Luis! ¡Haz magia!

Me quedé perplejo. No entendía cómo yo, hundido en la miseria de la inseguridad, del abandono, de la tristeza, del desamor o de la desesperación de aquellos momentos, podría hacer esa magia que me decía. Le di vueltas durante días, buscando formas, imaginando trucos, sacando conejos de chisteras inexistentes, barajando cartas trucadas. No conseguí cambiar nada. Seguía sumergido en el tormento, con el agua al cuello, acostumbrándome a una asquerosa situación, perpetuando esa angustia, ese momento.

Mi entorno seguía siendo igual de gris y espantosamente solitario.

Y la seguía escuchando decirme: “¡Haz magia José Luis! ¡Haz magia!”

Viajé. Recuerdo que viajé mucho. Distraje mi mente. Me desplacé lejos, rápidamente. También paseé, lentamente, observando el paisaje. Vi el bosque, me alejé de los árboles. Recordé mi pasado, mi niñez, mis éxitos y mis fracasos. Sonreí al recordar a mi gente, buscando dónde o a quién le habría prestado aquella varita mágica que, en otros tiempos, me hacía sonreír y con la que conseguía cambiar, en segundos, el mal tiempo. Fracasé. No conseguí dar ni con ella ni con la magia.

Al final, me di cuenta de que, cuantas mas vueltas daba la rueda, más lejos me encontraba del origen, del inicio del camino. Y decidí volver. Volver al principio. Buscar el extremo opuesto del ovillo. No tardé mucho en comprender que estaba dentro, era simple. Estaba dentro de mi. Lo tenía dentro, enredado, atado, hecho una maraña de recuerdos, confundiendo los principios con los finales, lo que era y lo que quería que fuera, sin saber distinguir entre lo verdadero y lo que deseaba que lo fuera. Había que limpiar y volver a ordenar todo ese enorme y viejo entuerto. Desechar viejas creencias, principios “sólidos” jamás probados. Tenía que abandonar el control de mi vida en ese claustro. Debía abrir las ventanas, quitar las puertas, dejar que la brisa o el viento, corrieran por dentro. Ventilar mi casa, airearme alma, liberarla de sapos, piedras y restos podridos de mis recuerdos. Limpié y limpié, me deshice de casi todo, menos de todo aquello que me recordaba que una vez fui feliz y que merecía volver a serlo.

y, como el que poda árboles, al cabo de un tiempo, cuando me quise dar cuenta, un débil halo de luz, empezaba a brillar alrededor de todo lo que tocaba. Mi mundo cobraba un sentido nuevo. Era como si hubiera limpiado los cristales de mis gafas. Me sentía nuevo.

Así comprendí eso que dicen: Quien tiene magia, no necesita trucos. Porque me di cuenta de que el único truco es que tenga alma.

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Entre los dedos 

Hay instantes que deberían ser eternos,
El beso del sol en nuestros cuerpos,
la caricia de la brisa en la piel,
cerrar los ojos y sentir la belleza
que ninguna imagen logra retener.
Envolverse en el sonido de las olas,
relajante, sanador.
Respirar el aroma del mar
y limpiar heridas con gotas de sal.

Mas sería absurdo intentar
atrapar el instante presente,
pues el tiempo no se detiene,
pasa inexorable e implacablemente.
Es agua que resbala entre las manos,
arena escurriéndose entre los dedos.

Así como las olas del mar,
así es el instante de ahora.
Único e irrepetible.
Siempre en movimiento,
Siempre diferente.
Con su punto de intensidad,
como la cresta de esa ola
que efímera se desvanece
para morir en la orilla,
dejando rastros de espuma y sal
dibujados en la arena,
que se diluyen y borran.

Pero su paso permanece
mezclándose y transformando
uniendo y fusionando
el antes y el ahora.

Hay instantes que golpean y rompen
como olas contra las rocas.
Hay instantes de olas serenas,
de paz y calma para el alma.

No los dejes pasar,
hay que subirse a la ola
y surfear el momento.
Hay que sentirlos,
hay que vivirlos en presente,
para después recordarlos
y guardarlos para siempre.

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